Los profetas leen el presente y anticipan el futuro. Leonardo Boff

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Leonardo Boff
Adital

02/07/2013

Profeta en sentido bíblico no es en primer lugar
aquel que prevé el futuro. Es aquel que analiza el presente, identifica
tendencias, generalmente desviadas, hace advertencias y hasta amenazas. Anuncia
el juicio de Dios sobre el curso presente de la historia y hace promesas de
liberación de las calamidades.

A partir de la captación de las tendencias, hace
previsiones para el futuro. En el fondo afirma: si continúa este tipo de
comportamiento de los dirigentes y del pueblo sucederán fatales desgracias.
Éstas son consecuencia de las violaciones de leyes sagradas. Y ahí proyectan
escenarios dramáticos que tienen una función pedagógica: Hacer entrar a todos
en razón y en la observancia de lo que es justo y recto delante de Dios y de la
naturaleza.

Leyendo a algunos profetas del Antiguo
Testamento y también advertencias de Jesús sobre la situación de los tiempos
futuros, casi espontáneamente nos acordamos de nuestros dirigentes y de su
comportamiento irresponsable ante los dramas que se están preparando para la
Tierra, para la biosfera y para el eventual destino de nuestra civilización.

Hace días en algunas partes del mundo se ha roto
la barrera considerada como la línea roja que debería ser respetada a toda
costa: no permitir que la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera
llegase a 400 partes por millón. Y lamentablemente ha llegado. Alcanzado este
nivel, difícilmente el clima calentado volverá atrás. Se estabilizará y podrá
seguir subiendo. La Tierra quedará calentada unos dos grados centígrados o más.
Muchos organismos vivos no conseguirán adaptarse, pues no tienen como
minimizar los efectos negativos, y acabarán desapareciendo. La desertificación
se acelerará; se perderán cosechas, miles de personas tendrán que abandonar sus
lugares a causa del calor insoportable y la imposibilidad de garantizar su
alimentación.

En un contexto así leo al profeta Isaías. Vivió
en el siglo VIII a. C., uno de los periodos más conturbados de la historia.
Israel se encontraba exprimido entre dos potencias, Egipto y Asiria, que se
disputaban la hegemonía. Tan pronto era invadido por una de estas potencias
como por la otra dejando un rastro de devastación y de muerte.

En este contexto dramático Isaías escribe un
capítulo entero, el 24º, en una línea de devastación ecológica. Las
descripciones se asemejan a lo que puede sucedernos a nosotros si las naciones
del mundo no se organizan para parar el calentamiento global, especialmente el
abrupto, ya avisado por notables científicos, que podría ocurrir antes de
finales del presente siglo. Si efectivamente ocurriera, la especie humana
correría gran riesgo de ser diezmada y de que se destruyera gran parte de la
biosfera.

Debemos tomar en serio a los profetas. Ellos
descifran tendencias en una perspectiva que va más allá del espacio y del
tiempo. Por eso también nuestra generación podría estar incluida en sus
amenazas. Transcribo partes del capítulo 24 como advertencia y material de
meditación.

“Lo mismo sucederá al acreedor y al deudor. La
Tierra será totalmente devastada. Ella ha sido profanada por sus habitantes
porque trasgredieron las leyes, pasaron por encima de los preceptos, rompieron
la alianza eterna. Por esta razón, la maldición ha devorado la Tierra, la culpa
es de los que en ella habitan… La Tierra se rompe, tiembla violentamente, es
fuertemente sacudida. La Tierra se tambalea como un borracho, se agita como una
cabaña… La luna se sonrojará y el sol tendrá vergüenza”.

Jesús, el último y el mayor de todos los
profetas advierte: “se levantará nación contra nación y reino contra reino.
Habrá hambre y peste y terremotos en diversos lugares” (Mateo 24, 7). “En la
Tierra los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la
violencia de las olas. Las gentes desfallecerán de miedo ante la expectativa de
lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán” (Lucas 22,
25-27).

¿No ocurren escenas semejantes en los tsunamis
del sudeste de Asia, en Fukushima en Japón, en los grandes tornados y ciclones
como el Katrina y el Sandy en Estados Unidos y en otros lugares del planeta?
¿Las personas no se llenan de pavor al presenciar tal devastación y ver el
suelo cubierto de cadáveres? Estas catástrofes no suceden por casualidad,
suceden porque hemos roto la alianza sagrada con la Tierra y sus ciclos. Son
señales y analogías que nos llaman a la responsabilidad.

Curiosamente, a pesar de todos estos escenarios
de destrucción, la palabra profética termina siempre con esperanza. Dice el
profeta Isaías: “Dios quitará el velo de tristeza que cubre a todas las
naciones. Enjugará las lágrimas de todos los rostros… Aquel día se dirá: este
es nuestro Dios, en quien hemos esperado y Él nos salvará” (25,7.9). Y Jesús
remata prometiendo: “cuando empiecen a suceder estas cosas, animaos y levantad
la cabeza porque se acerca la liberación” (Lucas 21,28).

Después de estas palabras proféticas no cabe
comentario; solo el silencio pesaroso y meditativo.

[Traduccion de Maria Gavito Milano].

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