A 55 AÑOS DE VASCONCELOS. Salvador Flores Llamas

A c e n t o
A 55 años de Vasconcelos
SALVADOR FLORES LLAMAS

José Vasconcelos

José Vasconcelos
“Mire, joven, si desea que platiquemos, empiece por guardar su libreta”, me dijo don José Vasconcelos una mañana de junio de 1958 en la Biblioteca México (en la Ciudadela), de la que era director.
Yo, estudiante de periodismo en la Septién García e incipiente borroneador de cuartillas, me desconcerté porque el director del periódico “Reforma Universitaria”, Armando Ávila Sotomayor, me había ordenado entrevistar a ese mexicano enorme, y me informó haber concertado la entrevista con él.
La cita era a las 10:30 horas; llegué 10 minutos antes para no fallarle a uno de los mexicanos más ilustres. Me anuncié con la secretaria y amablemente me indicó que tendría que esperar un poco.
Casi enseguida se abrió la oficina del más cuajado intelectual y político que ha dado este país; despidió a un señor y enseguida, sin preguntar quién era, me invitó a pasar. “Seguramente usted viene de Reforma Universitaria”, me dijo.
Tras los saludos de rigor, reverente el mío, me ofreció asiento en una silla contigua a su escritorio; al ver que sacaba mi libreta, me llamó la atención, como he narrado.
Le indiqué que el señor Ávila Sotomayor me enviaba a entrevistarlo.
“Con jóvenes como usted, prefiero charlar; dígame si quiere eso o nada, yo no doy entrevistas”. Así por las buenas no dudé, y adiós libretita.
Más que indagar qué clase de cucaracha era su interlocutor, me preguntó qué y dónde estudiaba, y si pensaba ser periodista. Me confió que él había deseado serlo, pero se dejó llevar por su carrera de leyes, la especulación filosófica y la docencia.
“La cátedra y las mujeres son mis pasiones –confesó–, más que la política, y eso que ésta casi me costó la vida”. (No son palabras textuales, porque no hubo apuntes, pero a la salida hice mis notas, que sí son reflejo fiel de sus expresiones).
“A usted le habrán contado muchas cosas de mí; pero yo le resumo mi vida así, con el apéndice de que ahora volví a mi religión, la católica, de la que veleidosamente me había apartado; mas el Poverello de Asís me sedujo y fue el causante de mi retorno al Padre. Soy terciario franciscano’”.
–¿Qué se siente ser el Ulises mexicano?, le espeté.
“Mire, ese mote fue una pavonada de mi parte, por vanidad y también por el afán del librero de dar un título atractivo a mi primer libro, que no planee autobiográfico (soy vanidoso, mas no tanto) luego vinieron ‘La Tormenta’, ‘El Proconsulado’ y demás”.
–¿Cree haber ganado la Presidencia de la República?, pregunté.
(Debo confesar que cuando llegué a su despacho creí ingresar a un sancta sanctorum; tal era mi admiración por el Maestro de América. Pronto dejé lo nervioso y entré a la conversa sin inhibiciones, y no porque mi admiración menguara, sino por su tacto en introducirme a la plática).
“No lo digo yo, lo dijeron los diarios de Estados Unidos; no los mexicanos, porque estaban controlados por Calles. Sólo piense en que me siguió lo más granado de la juventud universitaria de mi país, que despertó el entusiasmo de intelectuales, campesinos, obreros, jóvenes y del pueblo en general.
“Aquello era una orgía de entusiasmo, un desbordamiento de patriotismo; de veras queríamos liberar a México, no sólo de la bota y el control de los revolucionarios, sino del aletargamiento económico y cívico con que nos hacían depender del vecino del norte.
“Quizá mis prédicas en las plazas sobre esto dieron al traste con todo, pues el gigantesco fraude que nos cometieron tuvo respaldo total del Tío Sam, que no sólo quería conquistarnos económica, sino espiritualmente. A los yanquis protestantes les sabía muy mal que lleváramos cuatro siglos de evangelización”.
–Dicen que usted rechazó alzar el estandarte de la Virgen de Guadalupe, le platee.
“Mire, tome en cuenta que lo hice no por no amar a la Morenita (aunque entonces me decía agnóstico), sino porque no quise imitar a Hidalgo, a quien le han atribuido una gesta que él ni imaginó; él quería ir a coger gachupines.
“Si lo escandalizo, dígame con toda libertad, y aquí paramos de platicar”.
Pero yo continué:
–¿Es cierto que no quiso levantarse en armas?
“Ganas no me faltaron; pero no iba a cometer la irresponsabilidad de derramar más sangre de la que habían hecho correr los revolucionarios”.
–¿Entonces, por qué colaboró con ellos en la Secretaría de Educación?, añadí.
“México era primero que mi repugnancia; su niñez y juventud merecían ser educadas”.
Seguí:
–¿Por qué está contra la formación de partidos que den nuevos derroteros al país?
“Porque ésa no es la vía. Lo he discutido mucho con el maestro Gómez Morín, quien me reprocha mi rechazo a ingresar a Acción Nacional. Lo estimo mucho y me agrada conversar con él, porque me ilustra, argumenta con inteligencia y así da gusto intercambiar ideas.
“Un nuevo partido no es el camino para México, es mejor dar campañas fulgurantes cada seis años y, en una de ésas caerá la manzana por madura. Aunque a veces creo que quizá no quede otro sendero que el de las armas”.
Unos dos meses después de esta —para mí inolvidable—conversación, encontré a don Manuel Gómez Morín y a don José Vasconcelos por la calle de Motolinía, en el centro de la ciudad. Mientras don Manuel abría el candado de un estacionamiento, don José deslizó largamente su vista a una escultural muchacha con cola de caballo, que pasaba, hasta que dio vuelta por la Avenida Madero.
Como si volviera en sí, dijo a su interlocutor: “Discúlpeme, licenciado, pero el Señor no me ha querido quitar la pasión por las mujeres”.
Pasados unos meses, murió el 30 de junio de 1959, cuando era presidente Adolfo López Mateos, ex miembro de las juventudes vasconcelistas, quien montó guardia de honor ante su féretro.
Vaya un emocionado homenaje a este mexicano impar, a los 55 años de su tránsito al Padre.
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NOTA DE Silviano Martínez Campos:
Nos conocimos con Salvador Flores Llamas, oriundo de esta región de La Piedad, allá por 1963 en adelante, en la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García”. El y un grupo de compañeros hicimos buenas migas, sobre todo dentro del grupo en torno a la Agencia Mexicana de Servicios Informativos (AMSI) que con alumnos de dicha escuela, organizó el inolvidable director, el profe Alejandro Avilés Inzunza. Aun cuando Salvador no formaba propiamente parte del equipo de la agencia (el profe como director, y Elías Chávez, Fernando Covián Mendoza, Refugio Molina, Salvador Estrada, Jesús Munguía Blancas, Arturo Alvarez del Castillo, Joaquín Herrera y un servidor), había una relación amistosa y de incipientes colegas, dado que los de la agencia fuimos pioneros, como egresados de la escuela, en eso del incursionar en el diarismo. Los de la agencia nos sindicalizamos, en torno al Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa. Funcionó de 1965 a 1967. Los reporteros nos dispersamos hacia diversos medios, como suplentes donde había contrato colectivo con el referido sindicato, o en otras publicaciones. En mi caso, pasé unos meses por El Universal de entonces y luego por La Prensa. Me invitó Salvador a Ovaciones, ya integrada su planta de periodistas al sindicato y allí fuimos compañeros con él durante 22 (veintidós años). Estas digresiones, a propósito de su artículo relativo a la entrevista, o “charla”, con el maestro José Vasconcelos. En 1954, año de mi primera incursión en el mundo del trabajo, estaba de “mozo” en la matriz del Banco Nacional de México, actividad en horas tempranas del día y horas de la tarde-noche. Así es de que me quedaban largas horas durante el día, que distribuía entre mis prolongadas horas en el Cine Avenida (caricaturas, Los Tres Chiflados, El Gordo y el Flaco y otras películas blancas para el público juvenil de entonces), cine situado en la avenida Niño Perdido, luego Lázaro Cárdenas: y mi visita a bibliotecas. Mi regreso a México una temporada en 1957, me dio tiempo para incursionar en el periodismo, sin ser propiamente periodista, en el Diario Zócalo, donde reportee cosas culturales, escribí columnas. ¡Lo que es la audacia juvenil!, años antes de que comenzara mi ejercicio profesional en 1965, como dije. Durante aquel tiempo, frecuentaba bibliotecas, la Nacional, la Franklin, la Biblioteca México que dirigía el maestro José Vasconcelos. Allí llegué a leer alguna o algunas de las obras del maestro. Una de esas veces, fuera de la biblioteca, en La Ciudadela, vi al maestro José Vasconcelos a punto de abordar su automóvil (con chofer, creo). A considerable distancia, él se me quedó mirando fijamente, al igual que yo. En mi caso, tal vez por la admiración al escritor, pensador, que a veces leía en su biblioteca. Era él admirador de la cultura de piedra. Mi dificultad para asimilar pensamiento abstracto, es grande, pero recuerdo una expresión en su Lógica Orgánica, obra que adquirí posteriormente: en realidad, cada uno de nosotros, es una estructura atómica. Para mi, formado en colegios donde dominaba la tradición, eso era completamente novedoso. Alguna vez me impresionó una obrita en la cual ironizaba, a manera de premonición, sobre la dominación en nuestro país de la cultura del país vecino. Eso, unas décadas antes de que eso ocurriera. Ahora, en las primeras décadas del siglo, ya es una realidad. Coincidió, pues, la circunstancia de que yo leía obras de José Vasconcelos en la Biblioteca México y aquella vez que lo vi, y lo admiré sorprendido, por unos instantes, en plena calle pues, en la para mi, también la Universidad de la vida.
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