Nuestro lugar en el conjunto de los seres. Leonardo Boff

Nuestro lugar en el conjunto de los seres

2014-03-21

La ética de la sociedad dominante en el mundo es utilitarista y antropocéntrica. Es decir: considera ilusoriamente que los seres de la naturaleza solamente tienen razón de existir en la medida en que sirven al ser humano y que este puede disponer de ellos a su gusto. Él se presenta como rey y reina de la creación.

La tradición judeocristiana reforzó esta idea con su “someted la Tierra y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella” (Gn 1,28).

Mal sabemos que, nosotros los humanos, fuimos uno de los últimos seres a entrar en el teatro de la creación. Cuando el 99,98% de todo estaba ya hecho, surgimos nosotros. El universo, la Tierra y los ecosistemas no necesitaron de nosotros para organizarse y ordenar su majestuosa complejidad y belleza.

Cada ser tiene un valor intrínseco, independiente del uso que hacemos de él. Representa una manifestación de aquella Energía de fondo, como dicen los cosmólogos, o de aquel Abismo generador de todos los seres. Tiene algo que revelar que solo él, hasta el menos adaptado, lo puede hacer y que enseguida, por la selección natural, desaparecerá para siempre. Pero a nosotros nos cabe escuchar y celebrar el mensaje que tiene para revelarnos.

Lo más grave, sin embargo, es la idea que toda la modernidad y gran parte de la comunidad científica actual proyecta del planeta Tierra y de la naturaleza. Las consideran simple “res extensa”, una cosa que puede ser medida, manipulada, según el rudo lenguaje de Francis Bacon, «torturada como lo hace el inquisidor con su víctima, hasta arrancarle todos los secretos». El método científico predominante mantiene, en gran parte, esa lógica agresiva y perversa.

René Descartes en su Discurso del Método dice algo de un clamoroso reduccionismo en la comprensión: «no entiendo por “naturaleza” ninguna diosa ni ningún otro tipo de poder imaginario; antes me sirvo de esa palabra para significar la materia». Considera el planeta como algo muerto, sin propósito, como si el ser humano no fuese parte de esa naturaleza”.

El hecho es que nosotros entramos en el proceso evolutivo cuando éste alcanzó un altísimo nivel de complejidad. Entonces irrumpió la vida humana consciente y libre como un subcapítulo de la vida. Por nosotros el universo llegó a la conciencia de sí mismo. Y eso ocurrió en una minúscula parte del universo que es la Tierra. Por eso nosotros somos aquella porción de la Tierra que siente, ama, piensa, cuida y venera. Somos Tierra que anda, como dice el cantautor indígena argentino Atahualpa Yupanqui.

Nuestra misión específica, nuestro lugar en el conjunto de los seres, es el de ser aquellos que pueden apreciar la grandeur del universo, escuchar los mensajes que enuncia cada ser y celebrar la diversidad de los seres y de la vida.

Y por ser portadores de sensibilidad y de inteligencia tenemos una misión ética: cuidar de la creación y ser sus guardianes para que continúe con vitalidad e integridad y con condiciones para seguir evolucionando como lo viene haciendo desde hace 4,4 mil millones de años. Gracias a Dios que el autor bíblico, como corrigiendo el texto que citamos antes, dice en el segundo capítulo del Génesis: “El Señor tomó al ser humano y lo puso en el jardín del Edén (Tierra originaria) para que lo cultivara y lo guardara” (2,15).

Lamentablemente estamos cumpliendo mal esta misión nuestra, pues al decir del biólogo E. Wilson «la humanidad es la primera especie de la historia de la vida en volverse una fuerza geofísica; el ser humano, ese ser bípedo, tan cabeza-de-viento, ha alterado ya la atmósfera y el clima del planeta, desviándolos mucho de las normas usuales; ha esparcido ya miles de sustancias químicas tóxicas por el mundo entero y estamos cerca de agotar el agua potable” (A Criação: como salvar a vida na Terra, 2008, 38). Pesaroso ante un cuadro como este y bajo la amenaza de un apocalipsis nuclear, el gran filósofo italiano del derecho y de la democracia, Norberto Bobbio, se preguntaba: «¿La humanidad merece ser salvada?» (Il Foglion, 409, 2014, 3).

Si no queremos ser expulsados de la Tierra por la propia Tierra, como los enemigos de la vida, cumple cambiar nuestro comportamiento hacia la naturaleza, pero principalmente acoger a la Tierra como aceptó la ONU en abril de 2009, como Madre Tierra, cuidarla como tal, y reconocer y respetar la historia de cada ser, vivo o inerte. Existieron antes de nosotros y durante millones y millones de años sin nosotros. Por esta razón deben ser respetados como lo hacemos con las personas de más edad, a las que tratamos con respeto y amor. Más que nosotros, ellos tienen derecho al presente y al futuro junto con nosotros. En caso contrario no hay tecnología ni promesas de progreso ilimitado que puedan salvarnos.

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ANÁLISIS A FONDO. J. Francisco Gómez Maza. EL OGRO FILANTRÓPICO Y AHORA CENTENARIO

                                                         Octavio Paz

Jue 20-03-14

Francisco Gómez Maza

Análisis a Fondo: El ogro filantrópico y ahora centenario

 ·        Octavio Paz, un hombre como usted y como yo

·        Ícono de rebeldía ante la intolerancia del poder

Este jueves, los diputados de la LXII Legislatura celebraron, con una sesión solemne, el centenario del nacimiento de Octavio Paz, uno de los más preclaros literatos, poetas, ensayistas, y pensadores del siglo XX.

Cuánto le recuerdo en Plural, la revista de cultura que dirigía en Excélsior, y, posteriormente, en la diáspora, en la fundación de la revista Proceso y en la Vuelta, una vez que fuimos echados de nuestra casa por el prócer de infeliz memoria, Luis Echeverría Álvarez.

Recuerdo al Paz ensayista – me gusta más como poeta; era poeta, pero cuando se ponía a escribir de filosofía política se quedaba del lado derecho, lo que nos trababa a los jóvenes reporteros, siempre en rebeldía.

Años maravillosos en los que algunos periodistas privilegiados vivimos de cerca – y fuimos protagonistas – en esa batalla cotidiana por la libertad de prensa y por la libertad de expresión del pensamiento democrático, en tiempos de tlatoanis fundamentalistas, defensores del poder que enriquece las cuentas bancarias; en tiempos de una absurda intolerancia que ensangrentó calles y plazas de la ciudad que fue la región más transparente, como la bautizara otro profeta, Carlos Fuentes.

Tiempos en los que el periodismo libre, profundo, de investigación, rayano en lo bello de la narrativa literaria, ocupó la Plaza Pública (Cómo recuerdo al agudo y profundo Miguel Ángel Granados Chapa, que hasta gobernador quiso ser, cansado de que su palabra se quedara en el viento), y se daba la confrontación amistosa de las ideas y las tácticas y estrategias del espíritu entre el conservador  Ogro Filantrópico y el liberal Carlitos Monsiváis.

Una praxis de democracia verdadera en ese pequeño mundo de la filosofía, la literatura y el periodismo, que desgraciadamente, como ahora, como en toda la  historia de este país de caricatura, no permeaba  en la gente mexicana común, en la inmensa mayoría de los estudiantes, y menos entre los trabajadores que los poderosos mantenían en el analfabetismo funcional. Se quedaba como un espléndido ejercicio de libertad, en una elite de periodistas e intelectuales.

Grande entre los grandes por su inteligencia, por su perspicacia, por su osadía en plasmar sus ideas, sus descubrimientos, en una cuartilla en aquellas adorables máquinas mecánicas que volaban al golpeteo de los dedos callosos de tanto madrear las teclas.

Octavio Paz, sin embargo, no pudo resistir a los cantos de las sirenas del poder. Todo estamos propensos a ello. Pero a los jóvenes reporteros de Excélsior nos chocaban esas aparentes contradicciones de un personaje que considerábamos nuestro y con quien nos identificábamos por su manejo del idioma, por su limpieza en la escritura, por sus profundas figuras poéticas.

No sé si el Premio Nobel fue el mejor reconocimiento al pensador, filósofo, intelectual, poeta, trabajador de la cultura, metido a diplomático, muy digno diplomático. Lo probó en el 68, cuando la mano de un ogro bestial mascaró a estudiantes y gente del pueblo en la Plaza de las Tres Culturas. Pero no le perdonábamos su coqueteo con la televisión comercial, siempre de dudosa honestidad. Aquella, la del Tigre.

Fue un grande. Un referente de buena educación. Algunos diputados no tienen ni idea de quién fue el hombre. Lo califican de universal, de demócrata, de revolucionario, y hasta de socialista. Cuán lejos están de conocer la identidad y la obra de Octavio Paz. Fue un ser humano como usted o como yo., que hizo en el mundo lo que creyó que tenía que hacer y eso basta. Con sólo que usted hiciera lo que cree que es justo, verdadero, bastaría.

De otra suerte, ya en la vida cotidiana, nadie recuerda a ese tipo de seres humanos, de corazón grande e inteligencia visionaria. Sólo los recuerdan porque sus fechas están en el calendario cívico de los años litúrgicos de la política. Les dedican discursos tontos, huecos. El único que se salvó este jueves durante el homenaje fue el de Mari Paz, la viuda del poeta, leído por Rafael Tovar y de Teresa desde la tribuna del salón de plenos. Pero si Mari Paz lo conocía como la palma de su mano. Bien, inolvidable Octavio. Te acordarás de cuando nos fuimos de Reforma 18.

fgomezmaza@analisisafondo.com

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QUANDO A GRANDE TRIBULAÇÃO CHEGAR A TERRA TERÁ ENFIM SEU MERECIDO DESCANSO. Leonardo Boff

QUANDO A GRANDE TRIBULAÇÃO CHEGAR A TERRA TERÁ ENFIM SEU MERECIDO DESCANSO

21/03/2014

Achamos muito oportunas as reflexões deste autor que trabalha a ecologia com pequenos produtores rurais junto ao rio Surui, na Baixada Fluminense. Eis seu texto:
“Ninguém sabe ao certo o dia e hora. É que já estamos no meio dela, sem notarmos. Mas que está vindo, está, cada vez com mais intensidade e nitidez. Quando acontecer a grande virada, tudo vai parecer como se fosse de surpresa.
Embora haja dados seguros que apontam a inevitabilidade das mudanças globais devidas ao clima, com conseqüências que os cientistas tentam adivinhar, mas que seguramente serão para o pior, os interesses econômicos das grandes nações e a falta de visão a longo termo de seus líderes, não lhes permitem tomar as medidas necessárias para mitigar os efeitos e adaptar seu modo de vida ao estado febril da Terra.
Poderíamos imaginar um cenário plausível em que furacões varrerão regiões inteiras. Ondas gigantescas engolirão cidades e civilizações, indo morrer aos pés das montanhas. Secas prolongadas farão com que se troquem todas as riquezas por um simples copo de água suja. O calor e o frio extremos farão lembrar com saudades das histórias das avós que falavam das brisas da tarde e do aconchego de uma lareira no inverno, sempre previsível, e dos frutos amadurecidos ao calor de um sol de verão benfazejo. Comer-se-á só para sobreviver, sempre pouco e de gosto duvidoso.
Mas tudo isto ainda não será o pior. A mãe, de tão fraca, não conseguirá enterrar a filha e o neto matará o avô por causa de uma côdea de pão. O cão e o gato, amigos do homem, serão buscados por toda a parte como última possibilidade de matar a fome. Os vivos invejarão os mortos e não haverá quem chore a morte de crianças. A fome chegará a tal ponto que, como na Jerusalém sitiada, os famintos aguardarão a próxima vítima da morte para disputar-lhe a carne esfiapada.
“O país ficará devastado e as cidades se tornarão escombros. Todo o tempo em que ficar devastada, a Terra descansará pelos sábados que não descansou quando nela habitáveis” (Lev. 26,33-35).
Mas será o fim de toda a biosfera? Não. Por causa dos justos e sensatos, Deus abreviará esses dias e não dizimará toda a vida sobre a Terra, mantendo a promessa que fizera a nosso pai Noé. Mas é necessário que o ser humano passe por essa tribulação para acordar do seu egocentrismo e reconhecer em definitivo que ele é parte da comunidade da vida e o principal guardador dela.
Que fazer para nos prepararmos para esses tempos? Primeiramente, reconhecer que já vivemos neles. Hoje já não sabemos quando virá a primavera ou outono. Já não contamos com os meses de frio e calor. Já não sabemos reconhecer quando fará chuva ou sol.
Depois, importa ficar quieto, vigiando e observando os sinais que indicam a aceleração dos processos de mudança. E sobretudo, é imprescindível converter-se, mudar de hábitos de vida, uma mudança profunda, pessoal e definitiva. Só então estaríamos em condições morais de pedir aos outros que façam o mesmo. Mas como no tempo dos profetas, poucos ouvirão, alguns escarnecerão e a maioria se manterá indiferente e se permitindo toda sorte de liberdades como no tempo de Noé.
Deveríamos ainda voltar às raízes, recomeçar, como tantas vezes já fez a humanidade arrependida, reconhecendo que somos apenas criaturas e não Criador, que somos companheiros e não senhores da natureza; que para nossa felicidade é indispensável nos submeter às grandes leis da vida e ouvir com atenção a voz de nossa consciência. Se obedecermos a essas leis maiores, colheremos os frutos da Terra e a alegria da alma. Se desobedecermos a elas, herdaremos uma civilização como essa na qual estamos vivendo, cheia de avidez, guerras e tristezas.
Para esses tempos de carestia que virão, é fundamental  recuperar as ancestrais artes e técnicas do plantar, colher, comer; do cuidar dos animais e servir-se deles com respeito; do fazer utensílios e ferramentas, com arte e tecnologia local; do selecionar e plantar as ervas que curam e os grãos que nutrem; do recolher para tecer; do preservar as fontes d´água, do encontrar lugares apropriados para cavarmos os poços e do aprender a guardar as águas da chuva. É entrar na faculdade da economia da escassez, da sobriedade compartida e da beleza despojada. Desse saber recuperado e enriquecido surgiria uma civilização do contentamento, uma biocivilização, a Terra da boa esperança.
Depois dessa longa temporada de lágrimas e esperanças, superaremos essa estúpida guerra de religiões, essa intolerável disputa de deuses. Para além dos profetas e tradições, para além das morais e liturgias, quem sabe voltemos a adorar, sob múltiplos nomes e formas, o único Criador de todas as coisas e Pai-Mãe de todos os viventes, no grande Espírito que a tudo une e inspira, entrelaçados amorosamente na única fraternidade universal. E poderemos enfim organizar verdadeiramente a união de todos os povos do mundo e um autêntico parlamento de todas as religiões.

Waldemar Boff é formado em filosofia e sociologia nos USA, fundou o SEOP(Serviço de Educação e Organização Popular que atua entre os pobres na Baixada Fluminense.