MI CAMINAR. Silviano Martínez Campos

Martínez Campos, 5/XI/06; 19/I/07; 5-I-014

Mi Ziquítaro

MI CAMINAR

SILVIANO MARTINEZ CAMPOS

(Ziquítaro, Mich., México, 5 de Enero de 1935)

I.-  EL PASO POR LA ESCUELA

1944-1945   Primeros años de enseñanza, en la Escuela Primaria Rural Federal  “General Lázaro Cárdenas”, en Ziquítaro, Mich.

1946-1947 Tercero y cuarto años de primaria, en el Colegio Vasco de Quiroga, Penjamillo, Mich.

1948-1949 Quinto y sexto años de primaria en la Escuela Apostólica, de la Arquidiócesis de Puebla, en la ciudad de Puebla, Pue.

1950-1951  Primero y segundo años de “Latín” (humanidades), Seminario Conciliar Palafoxino en su casa de seminario menor en San Pablo Apetatitlán, Tlaxcala.

1952-1953  Tercero y cuarto años de “Latín” (humanidades), en el   Seminario Conciliar Palafoxiano, en su casa de seminario menor en Puebla, Pue.

1963-1967     Estudios de periodismo, en la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García, ciudad de México.

1977-1978   Dos cursos intensivos (una introducción al estudio de La                      Biblia), equivalentes a dos años de estudio,    denominados                       Seminario Bíblico, en el Instituto “Sedes Sapientiae” de la                       Arquidiócesis de México, ciudad de México.

1954           Curso introductorio, de un año, al idioma francés, en la                                   Alianza Francesa, ciudad de México.

1967-68   Curso introductorio, de año y medio, al idioma                       inglés, en el Instituto Mexicano Norteamericano de Relaciones            Culturales, ciudad de México.

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II.- CAMINAR EN EL PERIODISMO   

 

1957   Paso efímero de 3 meses, por el Diario Zócalo, ciudad de México. Trabajos de reporteo en área cultural. Artículos.

1965-1967    Agencia Mexicana de Servicios Informativos (AMSI), reporteo.

1967               Breve temporada en el diario El Universal, ciudad de México, reporteo.

1967-1989  Diario Ovaciones, ciudad de México. Reporteo, mesa de redaccón.

1968                         Diario La Prensa, trabajo en mesa de redacción.(Actividad paralela a la de Ovaciones)

1969-1971  Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), Chapingo, México, edición de material impreso. (Actividad paralela a la de Ovaciones)

1971-1972  Instituto Mexicano del Seguro Social, Orientación y Quejas, trabajos de redacción. (Actividad paralela a la de Ovaciones)

1971-1973  Revista Comunicación del Centro Nacional de Comunicación Social (CENCOS), ciudad de México. Artículos. (Actividad paralela a la de Ovaciones).

1989-1993  Diario La Voz de Michoacán, ciudad de Morelia, Mich., corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo, columna.

1994-1995  Diario Cambio de Michoacán, ciudad de Morelia, Mich., corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo.

1993-1996  Semanario Etcétera, La Piedad, Mich, colaborador. Reporteo, artículos, columna.

1994-2001  Semanario Por qué? de Michoacán, colaborador .Reporteo, columna.

1998-2000   Diario El Financiero, ciudad de México, corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo.

1993 a  la fecha, Semanario Guia, de Zamora, Mich, corresponsal en La Piedad, Mich. Reporteo, columna, trabajos literarios.

2006 hasta este día, página web MI ZIQUITARO, impulsor, colaborador.

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III.- OTRAS VEREDAS

1954           Banco Nacional de México, casa matriz, ciudad de México, trabajo de intendencia, mozo.

1955-1956 Una escuelita, de iniciativa propia,  en Ziquítaro, Mich.

1956-1962 (por temporadas) Obrero en la Aceitera Ejidal, Mexicali, Baja California. Esporádicamente, también, algunos turnos en la Despepitadora Ejidal, en las inmediaciones de Mexicali

1958-1959, trabajos del campo en el Sur de California, USA

1957-1961, Trabajos esporádicos en el campo, en el Valle de Mexicali, y en Ejido Eréndira, B.C.

1962   (Una temporada ,auxiliar de maestro en la Escuela Primaria Federal “Lázaro Cárdenas”, Ziquítaro, Mich.

1962 -1965  Almacenista de herramientas en la Fábrica de Dulces Bremen, ciudad de México.

1975   Clases en la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García”, ciudad de México.

Década de los noventa, clases en la Academia Comercial México, La Piedad, Mich.

1999—2000; y 2002—2003, Consejero Electoral del Instituto Federal Electoral (IFE), Distrito 01 con cabecera en La Piedad, Mich.

2007. Consejero Electoral en el Instituto Electoral de Michoacán, distrito con cabecera en La Piedad.

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Barrios de Ziquítaro en temporada seca, en los setenta.Entonces poco poblado, se nota el  Cerrito de la Santa Cruz y El Consejo, ahora barrios. Foto de Silviano

(Fotos de Silviano Martínez Campos)

Nota: A la siguiente sección de MI CAMINAR, le he puesto una barrera, una tercia de paréntesis. No es que esté prohibido el paso. Lo que pasa es que es provocativa, pro-voca, o sea que llama, invita, a ver la otra cara de la Luna, la otra cara de la moneda, la otra faz, pues, de quien escribe. Lo invito, la invito,  a que traspase la barrera y me haga el gran honor de leerme.

((( IV.- EN LA ESCUELA DE LA VIDA

 

En realidad, luego de MI CAMINAR, allá arriba, debí agregarle: A TROPEZONES, pero se hubiera embrollado la cosa. Mejor me reservo la apostilla, el agregado, para esta sección, con la advertencia de que es sólo un esbozo, una aproximación, porque desde luego quedan pendientes aspectos, muchos subjetivos, incluidas también las metidas de pata en baches, hoyos y a veces hasta barrancos, del caminar. Pero esos detallitos los reservo, si acaso, para el juicio final. De momento van, mi paciente y entretenido lector, lectora, unas pinceladas por si acaso le sirvan para situar sobre todo mis trabajos de fantasía, que yo he llamado, creo que con toda propiedad, literarios y, desde luego, si he de tener el honor de que los  visite.

¿Consideraría usted relevante, importante, en mi autoconsideración tan alrevesada, tan rimbombantemente llamada biografía, pero que viéndolo bien conforme a lo que significa el término, en buena parte lo es, consideraría importante, digo,  que comenzara mi caminar platicando un poco sobre mis primeras andanzas de vaquerillo, cuidando las vacas de papá Chon?.

Creo que no, ni yo tampoco. Sin embargo, creo pertinente hacerlo, por lo que le voy a contar. Esas correrías, además de ser los primeros pasos en la exploración de mi tierra, fueron el principio para mis investigaciones sobre la Tierra en cuestiones  de geología, orografía, hidrografía, botánica y zoología. Desde luego también, y no al último, en relaciones humanas.

Estas pretensiones de hombre universal, requieren desde luego su explicación, porque lo primero que pudiera pensar usted, es que había en aquellos primeros pininos (pinitos) en el camino de la vida, una gran tendencia a la megalomanía, al delirio de grandeza. Y tendría usted razón, y así lo considero yo también: la había.

Lo que sucede, es que en mi niñez la ciencia  —mi conocer—, estaba integrada y me falta,  a ese propósito, la astronomía, motivo para mí  de tantos pesares; pero considero más bien oportuno, por la misma razón, dejarla para un análisis posterior.

Debo estar obligado, por mi método de exposición, o sea de prioridad, o sea porque enumeré, mencioné en primer lugar la geología, de referirme desde luego a ella. Lo que tal vez a usted desconcierte, sea el método para explorarla y la herramienta utilizada

Porque no creo sea muy ortodoxo, no muy apegado a las prácticas comunes, inspeccionar un paredón, de sentaderas, ni mucho menos con pantalón nuevo de mezclilla, resultado de lo cual podría poner en aprietos a la economía familiar y dar más trabajo a la sobrecargada del mismo, mamá Benita.En el huerto de Petrita

No es pues muy adecuado explorar las diversas capas de la tierra ni sentado, ni mucho menos de sentaderas, posaderas o cualquiera otra denominación que se quiera considerar para esa parte del cuerpo de la anatomía infantil. Hubiera estado mejor contentarse con observar los paredones en sus cortes transversales, con sus capas sobrepuestas de tierras, de sales, de piedritas, expuestas por el arroyo para la admiración infantil y en algunas barranquillas, para nidales del desaparecido cuiname.

O contentarse con admirarse por los yacimientos de tizate, las formas que tomaba el tepetate antes de convertirse en piso, o en enjarre de la vivienda rústica; explorar las concavidades de la cueva en la mina de arena; recorrer cual chiva los peñascales formados por lo siglos en la barranca o percibir la diferencia y hurgar en el porqué de la tierra blanca, la tierra negra, la tierra roja. Y por qué una es buena para el garbanzo, otra para el maíz y otra casi para nada.

Ha de disculpar el lector me aparte de mi propio esquema y trate en seguida la ciencia hidrográfica, de mayor interés y ocupación, tanto en mis exploraciones como en mis vivencias. De allí mi admiración por los manantiales, las fuentes, las ojodeaguas. Y los arroyos.

Por las barrancas no tanto, pero sólo en estos menesteres del agua, porque en lo demás, había y hay aún interés en esas exploraciones al interior de las cosas, aun cuando fallen métodos y haya, además, resistencias a aceptar lo que en ellas se encuentra. Y eso, lo sé por experiencia y vivencia, lo comprueba uno por sí mismo cuando adulto; pero estamos con la ciencia, la conocencia, la exploración infantil de la vida.

Soy consciente de mi indisposición contra las barrancas, pero sólo por una de ellas y en determinadas circunstancias. He de ser claro en esto y platicar por qué y cómo. Porque cuando no da uno razones razonables (¡mire usted qué redundancia tan razonada!), vienen los malos entendimientos, o sea los malos entendidos. Pero no es el caso aquí, desde luego.En El Guayabo

Así es de que debo comenzar por situarme, en uno de esos días de secas, detrás de La Loma, antes llamada Pelona, pero ahora no tanto, gracias a la reforestación que hizo en ella el anterior propietario, don J. Trinidad Campos Silva, dejando la repoblación silvestre a su ritmo natural, con lo cual se recuperó de manera espontánea, en pocos años, el hábitat para el tepame, el nopal y la huizachera. No digamos de la liebre, aun cuando de esto no estoy tan seguro.

Ya sea por imprevisión de no llevar suficiente agua en la botella o en el guaje, ya sea por alguna tragazón imprevista con consecuencias indigestas, el caso es que durante las correrías de vaquerillo tras esa protuberancia (lo digo para no repetir loma) ya me andaba de sed. Tal vez el trance me condicionó para olvidar si andaba solo, o con mi compañerito de correrías, Chame, Samuel Ojeda, con quien me ligó el afecto antes y aún depués de que lo matara el rayo, él ya en el cielo, yo todavía caminando hacia él.

El caso es que ante aquel acoso estomacal, ardiendo la panza de sed, lo primero que se me ocurrió fue ir  a buscar agua a la barranca cercana, en vez de regresar a casa por ella, pocos kilómetros hacia el poblado, Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso.

Acepto que fue un error de cálculo, ir a buscar agua donde no la puede haber dado lo avanzado de la temporada de sequía, cuando por allí sólo corre, o corría el líquido durante las aguas y pocos meses después, mientras los manantiales del área alimentan el arroyo.HPIM2059

Son lecciones de la vida, pero entonces no lo percibía, eso de buscar la satisfacción donde no se puede encontrar, trátese de las relaciones personales, o trátese de satisfactores tan elementales como el comer, beber, habitar y, a fin de cuentas, de todo el vivir.

Porque el  bajar sediento, ardiendo la panza, por la pendiente peñascosa de la barranca, no encontrar agua y tener qué subir de nuevo, no pasa de ser una tarugada, si se ven las cosas desde el sentido práctico. Pero es difícil  se tenga sentido práctico, de ese que da sentido a las cosas, no sólo en la infancia, sino además en el curso de la vida. Genio y figura, hasta la sepultura, podría recordarlo cualquiera.

Pero aquí lo inconcebible, es que a pesar de estas desilusiones y fracasos, cierto que pasajeros, vuelva uno a cometer los mismos errores y sea muy cierto que los seres humanos no sólo tropezamos dos veces en la misma piedra, sino cientos.HPIM2058

Digo esto porque llegué a cometer un segundo error y en la misma barranca, esa que conduce aguas con aguas, quiero decir cada temporada de lluvias, el agua a la Presa de la Luz, en las inmediaciones de Tirímacuaro, o más allá, hacia el Río Lerma, cuando el gran boquete de los cuarenta que facilitó, por cierto, que en su caja se cultivara el garbanzo por años.

Aquí he de mencionar, aunque no venga mucho al caso, porque no era lo mismo la caja de La Luz, ahora presa, que la caja, el terreno, también perteneciente a Ziquítaro (dicho sea de paso el ombligo del mundo), junto a la compuerta blanca, camino a la comunidad de La Luz.

Todo sea por buscar las fuentes de la vida, en el caso que mencioné, como es el agua. O pedir que el guayabo dé frutos entre peñascales y en tierra árida.

Pero de eso, ahora, no estoy tan seguro, porque a lo mejor le exigía que diera fruto a mi satisfacción , en tiempo y forma como se dice, cuando el ritmo del árbol era otro. En otras palabras, como si hubiese pretendido que tuviera las frutas disponibles en el momento en que yo lo deseara. Así es la vida, considero, pero en aquel trance no lo entendí.

No, desde luego no había abundancia de golosinas en mi tiempo y a decir verdad, tampoco en las secas había mucho dónde pepenar durante las correrías de vaquerillo. En las aguas, sí, desde luego, por lo menos tunas.        Aunque a este respecto, en el asunto de las tunas, he de decir que había una reserva, ante el abuso tuneril, por aquello que decían sobre el taparse con ellas. No tanto porque no fuera cierto, sino porque había de por medio la amenaza de que, si sucedía tal percance, el recurso supremo consistiría en hacer la operación de destape auxiliados con una aguja de arria, de esas de coser costales; o de plano encomendarle la tarea a un cúcuno.

Regreso, después de aquel breviario médico-anatómico, al asunto de las golosinas y he de decir que, en las secas, habrá de ser justos, también había nopales; pero no se estilaba entonces, ni creo que ahora, arrancar la penca, pelarla, ponerle su sal, limón y chile,  y dar cuenta de ella a manera de pepino.

No quiero extenderme mucho en esto, ni mucho menos a costa del guayabo. El error fue mío y también el desenfoque, no del árbol. Pero sí he de decir que mis servicios informativos indicaban que en el fondo de la barranca, había un guayabo y que tal vez pudiera pepenarse de él una que otra guayaba.

Era grande la tentación  — no tanto como las que se presentan cuando adulto  y no sólo en el plano erótico, que han sido las más famosas en la historia, sino las de otros órdenes derivados del tener, poder y gozar–, de ir a buscar guayabas y lo mas natural era buscarlas en el guayabo.

Así es de que emprendí la excursión pendiente abajo, y todo sudoroso me encontré con el guayabo de tan verde follaje, plantado en el fondo de la barranca, en medio de las peñas. ¡Con cuánta avidez hurgué en su follaje, en busca del tesoro oculto, de la piedra filosofal, en busca de la guayaba madura! ¡Y creo que ni las había verdes!.

No hay  peor frustración, considero, que desandar lo andado luego de verificar, in situ, quiero decir en el mero lugar de los hechos, que las cosas no eran como uno las creía. Sin embargo, y a pesar de los contratiempos, como el hecho de subir la pendiente sin guayabas y con sed redoblada, siempre hay manera de comenzar de nuevo y de manera más plena.

Porque en este caso no le pedía peras al olmo, como dice el dicho, ni tunas al guayabo, sino guayabas. Y la falla estuvo en que las busqué donde no y cuando no era oportuno. Esto me lleva a considerar que las frustraciones traen a veces su desquite, si sabe uno aprovecharlas.

Y bien que las aproveché, en el caso de las guayabas. Y fue tiempo después, al llegar la ocasión de pasar al tercero de primaria, porque en mi Ziquítaro en esas cuestiones no andaba la cosa tan regular. Por influencia, positiva desde luego, de mi abuelo paterno don Vicente Martínez del Río, mis padres decidieron enviarme a continuar el estudio en Penjamillo, en este caso en el Colegio Vasco de Quiroga.

Era desde luego importante encontrar dónde hospedar al tal Silviano, durante los cinco días de clase. Porque sábado y domingo eran buenos para regresar a casa y entonces siete y medio kilómetros de recorrido a pie, entre los terrones o el lodo, según temporada,  no eran gran cosa ni trastorno para quien estaba acostumbrado a las andanzas vaqueriles.

Y qué mejor lugar al encontrado por la solicitud paterna, que la casa de unas magníficas personas, amistades, con ligas al Ziquítaro vecino, que las de la familia González- Díaz. Sí, la de don Ciro González y la de doña Luisa (Luisita) Díaz. Él carpintero de oficio, ella maestra de profesión.

Y sus hijitas Raquel, Guadalupe, Etelvina. Otra, la Paz, la Pacita, en el estudio en Morelia. El niño montaraz conviviendo con niñas. Para mí “ranchero”, ellas pueblerinas y, en fin, con una familia a la que, si en aquel tiempo y luego de joven y por razones que no vienen al caso, tal vez retraimiento e intensa lucha por la vida (por la papa, para ser claro), no pude agradecer lo debido, ahora les rindo agradecido homenaje.

Sé que nunca es tarde para reconocerlo, pero vuelvo al tema central, en este caso las guayabas. Porque en aquella casa de Penjamillo, no podía faltar la pequeña huerta de naranjales, limonares y mangos pero ¡Oh sorpresa!, poblada de guayabos.

De alguna manera debí entender que había huerta libre, porque sin pedir permiso la hice mía y no había quién me bajara de los guayabos, donde la única competencia para mí, eran los pájaros. Debe ser bueno el desquite, aunque en este caso saludando con sombrero ajeno, tanto la huerta como el guayabo, mientras el de la barranca era comunitario.

Claro, en aquellos tiempos mi cabecita, aunque ya los captaba, no se hacía la vida problemática  ni pesada en cuanto a las teorías sobre la propiedad privada. Cuantimás que durante las correrías por terrenos ejidales, cuando más o menos funcionaba el ejido, permitían a uno libremente agarrar de lo que se podía, y había. El recuerdo, pues, del solitario y austero guayabo barranqueño, había quedado en el pasado.El templo

Compensación, dirían los entendidos; pero en aquellos dos años de abundancia de frutas, entre ellas las guayabas ¡quién iba a interesarse en las cambiantes teorías en torno al comportamiento humano! Lo que sí sé decir es que a pesar de mis tragazones personales, el viernes por la tarde la benevolente familia me invitaba a que llenara la arganita para surtir de limas, naranjas y guayabas, a mis hermanas y hermano de mi Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso.

¡Cómo poder olvidar las bromas de don Ciro!, encaminadas siempre, ahora detecto muy bien su intención, a que mi vida fuera encausada, si no hacia las altas esferas eclesiásticas, por lo menos a cura rural. Claro que no faltaba el recurso a la vanidad latente del niño campesino, al asegurar don Ciro que al regreso del seminario, estarían recibiendo al padre Martínez a repique tendido de campanas. Y esto, lo decía el bondadoso hombre, acompañado de una sonrisa, transformada en carcajada, que de momento desconcertaba, pero que pude interpretar después como amorosa.

No fue así, es cierto. Pero con todo y todo, guardo un grato recuerdo de dicha familia. Mi agradecimiento a don Ciro, porque a petición mía me hizo una pequeña alcancía de madera. No, no nací para banquero, porque nunca logre llenarla. Más bien tuve el descaro de desclavarla cuando llevaba unos cuantos centavos, monedas, para sacarlos. Y fue a dar la alcancía a manos más previsoras y prácticas, como las de Mariquita, mi abuelita materna.El cerrito (de la Santa Cruz) y las nubes

Del cura frustrado, tal vez lo supo don Ciro. Pero de ahorrador fracasado, de seguro no. Porque ninguna alcancía, de madera, de metal o electrónica, pudo lograr de mí el hábito del ahorro.

Si usted, amable lector, benevolente lectora, me ha seguido hasta aquí, lleva un diez y mención honorífica, en mi consideración, por lo que se refiere al interés y a la paciencia. He de ofrecerle disculpas, sin embargo, porque el asunto de las guayabas desvió un poco las consideraciones de tipo hidráulico que me había prometido abordar, a propósito del interés por manantiales y arroyos.

Sin embargo, es de justicia un par de menciones más a las guayabas, que dicho sea de paso, tienen fama de ser tan nutritivas como el limón en eso de la vitamina C, en la cual lo aventajan. Pero aquí no hay recriminaciones, nada sobra en la creación y todo salió bueno de Sus manos: debe reconocerse  la versatilidad del limón en cuanto aderezo tanto de moles en su rica variedad, como de carnes, pozoles, menudos o “pancitas”, hasta la proletaria botana.

Ni qué escoger, pero en eso de lo sabroso, me quedo con la guayaba como fiel compañera en su aromática crudeza, o en la dulzura de su postre después de haber pasado por el sacrificio del fuego para convertirse en guayabate. Igual que el alma, dicen, después de los desarraigos  a que obliga la vida o tanto mejor cuando son voluntariamente buscados.

Dije dos menciones, pero en realidad son tres porque no puedo ni debo terminar el ciclo de la guayaba sin dar cuenta  de la vez en que tal vez esa frutita sacó de apuros a mamá Benita y a papá Chon y a mí me dejó medio frustrado. Pero ni a ellos ni a ella les guardo sentimiento, aunque me acuerdo y tal vez venga a ser lo mismo.

El caso es que sí me acuerdo de don Lencho, don Lorenzo y basta el nombre aunque falten apellidos. En los archivos profundos , habrá muchos Martínez o López o Molina, pero cada Silviano, o José o Melesio en sí es original y será llamado desde el disco duro por su nombre,  no apellido, mientras, en tanto al final reciba el nombre nuevo prometido.

Don Lencho llegaba encaramado en su burrito, con dos chundes o cestos de carrizo atravesados con el sabroso pan, creo de El Guayabo, con aquellas semas  de granillo, endulzadas con piloncillo que hacían buena pero muy buena compañía con la tibia leche. Pero más que todo, en los chundes iban también las aromáticas guayabas. Y era un peregrinar por conseguir el cinco, o el centavo, para abordar al viejo bondadoso y mercadear con él pan o guayaba.

¡Y quién podrá olvidar La Jamacua, surtidora de caña o de guayabas!. Era toda una aventura montarle al burro y emprender la marcha familiar por La Mesa, bajar la barranca en burro o en caballo, llegar al manantial tan generoso y recorrer la huerta de guayabas. Y en aquel calorón de temporada, volver cargados de caña y de guayabas frescas, de corazón rosa o amarillo, robustas, aromáticas, como una mujer en plenitud creativa.DSCN1426

Nadie lo tome a mal, no es mi intención desfogar sentimientos soterrados, sino sólo hacer mención de algo muy chistoso, si ha de verse ahora en tiempos de abundancia, tiempos de consumismo y de derroche cuando de complacer a los críos se trata, en tiempos de fin de año, o de Los Santos Reyes.

Porque no era uso común que los Reyes Magos, tan ocupados en las ciudades, pasaron por los pueblitos. Pero algo se sabía de su llegada, por lo que se atrevía uno a dejar el zapato, o el guarache, si de niño campesino de entonces se trata,  por allí, por si acaso ellos los vieran. Pero esos reyes, agotados, habían vaciado ya sus bolsas en las ciudades y al rancho llegaban, si llegaban, con bastante retraso y ya sin nada.

Por eso es que aquella vez por la mañana, acudí a donde el zapato, más bien el guarache, por si acaso y ¡Oh sorpresa!, encontré dentro de él ¡una guayaba! Pero eso no es nada, en otra ocasión encontré sólo un piloncillo. ¿Tendrán esas dos circunstancias algo qué ver en mi gusto por el guayabate?. No alcanzo a entenderlo, porque no hurgué en ello cuando me aficioné a leer sicología, buscando explicaciones más bien en torno al erotismo, o al sentido profundo de la vida.

Vuelvo pues a los manantiales, aun cuando los arroyos mantengan su atractivo, ya sean crecidos o secos. Mi desfortuna, en este caso, es que mi inclinación es igualmente marcada por el agua y la sequía, por lo verde y lo árido, por lo boscoso o por lo desértico. Igual admiro la obra de arte del Creador, en un mogote poblado de casahuates y nopales, que en un barranco peñascoso y seco. Lo mismo la noche oscura, tenebrosa y estrellada, con Luna o sin ella, que el día esplendoroso con su resolana y su Sol quemante. Ni de aquí, ni de allá, podría ser el resumen de toda vida, retomando el título de la chistosa película.

Así, y todo, no puedo menos de recordar mi empecinamiento y tozudez, quiero decir mi terquedad en saber de dónde venía el agua en la Ojodeagua de La Pila. Y no me contentaba con admirar el arroyito del venero ruidoso que llenaba poco a poco las pilas para el baño, o para los menesteres del lavado de ropa, o la atarjea cercana para el ganado.DSCN1423

No escapa a mi pensamiento la idea de que alguna teoría interpretara ese interés por las profundidades, en un soterrado impulso de volver al seno de la madre, o de recorrer a la inversa el camino que ha seguido el mundo hasta llegar a mí. Me inclinaría por esto último, aunque viéndolo bien, podría pensarse también que el mucho hablar de sí mismo delata una inclinación narcisista a explicarse las cosas a partir de uno mismo. Y no faltaría razón, porque pienso y digo, de quién va a saber uno un poco más, en el maremagnun de interpretaciones, si no es de uno mismo.

De todas maneras, no fue el caso de todas estas elucubraciones en aquella edad temprana. Es la ventaja de ser niño. Y es la desventaja de ser adulto. Entonces vives, y sueñas; ahora interpretas. Si vives, sueñas e interpretas, tal vez encuentres el añorado equilibrio.

Puede que sea la lección de los manantiales, porque siempre hay la tendencia a hurgar de dónde viene el agua. Antes, in situ, en las ojodeaguas, ahora, in situ al asomarse un poco a los rumores de que puede haber algo en el fondo de los agujeros negros, tal vez otro Universo, o percibir la barrera “teórica” en torno al Big-Bang del que venimos.

Pero en el caso de la Ojodeagua del Sáuz (Sauce), en El Llano Grande,  no es lo mismo. Porque allí el venero era callado y llenaba desde abajo el pozo. Aquí sí también sabes que viene el agua, y a dónde va, pero no de dónde viene. Igual como el viento. Lo bueno que, en ambos casos, llegan y, a veces, cuando menos se espera. Como gotas, o como torrentes. Como caricias, o como huracanes.

Dije sauce, en este caso, sabinos, en La Pila. Arbol, manantial juntos; peñas, cerritos, mogotes. ¡Qué interesante! Y con razón los antepasados fincaron allí cascos de haciendas. Como en La Nopalera, como en El Chorro, como en La Ojodeagua central más abundante, como en La Pila.

Y hay más agua: El Ojito de Agua, en el barrio La Penca. Y Tía Tula, más modesta, pero no menos importante. Y El Pocito, un venero que sobrevívía, año con año, unos meses a las aguas, para que en él pudieran abrebar, beber, huilotas, conguitas y pájaros diversos. Y no se puede olvidar el venero temporal del Cerrito de la Santa Cruz, ni aquél muy efímero también surtido por una pequeña meseta por las inmediaciones de La Nopalera, pero cerca del Santamarillal, en terrenos donde don Emilio Mejía ponía sus chilares.DSCN1419

¿Se podrá desligar de la memoria la Ojodeagua central, de la misma vida de Ziquítaro, el ombligo del mundo, dicho sea de paso?. Creo que no, porque sus aguas abundantes en tiempo lluvioso llenaban la presita que en tiempos rudos era bendición para el ganado y era todo un ritual bajar las vacas a abrebar en la tarde, con todo el  bramadero de reses como saludándose unas a otras desde manadas vecinas. Y la atarjea de aguas más transparentes para facilitar la bebedera al caballo, o al burro.

La Ojodeagua, centro de comunicación entre vecinas para transportar noticias de uno a otro barrio. Agua blanquisca para que en una de sus pilas la muchacha o el ama zambullera su cántaro, o el joven o el señor igualmente, pero en cántaros colgados en par en la burra de palo, travesaño de madera para equilibrar el peso, y el paso. O bien en el burro equipado con arames de Palodulce y cuatro orificios con asiento para los cántaros, cuando el viaje hacia Los Guanumos, Los Nopales Altos, El Llano y otros barrios, era obligado antes de los sesentas cuando llegó la técnica moderna del pozo profundo, el depósito en alto nivel y la tubería domiciliaria.

Y la pintoresca noria de la familia Mejía, con el animalito, un macho, dando vueltas y vueltas en el cúmulo que remataba la noria, para surtir agua a la huerta de naranjales desde la presa cercana. Y desde ese cúmulo, el ingenio del primer amor improvisando lenguajes cifrados de señas  convenidas cuyos secretos ingenuos se fueron al cielo, y se quedaron en la tierra. Lenguajes y señas que cruzaban la aroma de azahares de naranjos y flores encarnadas de granados para volar al otro barrio donde eran recogidos para,  en juego convenido, regresarlos en retroalimentación bonita y así entretener la mente y el afecto en la transparencia del idilio campirano.

DSCN1401Esto que voy a contar ahora, no tiene parangón con el resto de mi biografía, si acaso cuando me agarraron en la maroma luego que le robé un palomar de lodo a José Duarte. O cuando aproveché al cien por ciento la llegada de divisas cuando papá Chon era bracero y la distraída mamá Benita ni cuenta…Lo cual, todo junto, me da a entender que de haber seguido por ese camino y no me hubiesen mandado al internado, pude haber terminado en político millonario.

(José Duarte, Jose (sin acento y de cariño). Gratos recuerdos para él y para toda su familia, tan buenos vecinos, hay qué decirlo: doña Altagracia, don José, Poncho, Roberto, Toya, Alicia, Salvador, Consta y Fitos, todos pues sin que deba faltarme ninguno).

Tampoco tiene parangón como cuando me agarraron en la maroma tras mi operación del apéndice, con una mentirilla impropia de “piadoso” seminarista; o cuando ví a un ángel, una bellìsima enfermera,  tras la operación del oído, el definitivamente sordo. Eso no tiene nada de raro, pues en mi vida me he topado con un montón de ángeles y no sólo, por cierto, con ángeles de cofia. Pero esto que digo aquí, sería materia de otro ciclo si acaso, y no del niño campirano, lo cual es el caso.

Hay cosas que rozan tanto la intimidad, que es mejor queden reservadas al amor propio, si es que en estas cuestiones hay amor, aunque sea propio. Lo digo porque de haberse sabido, ni imaginarse la pena que me hubiese dado con las niñas, ángeles pues, donde me hospedaba y no sólo con ellas. Después de todo, en esto, todos somos pecadores y la diferencia estará si acaso en reconocerlo. Pero por favor, que los demás no lo sepan.DSCN1429

Digo esto porque ese día por la tarde, andaba en la plaza de Penjamillo. El turno para niñas en el colegio, era vespertino y para los niños, en la mañana. Así que buen turno ese para investigar, vagar, correr y qué mejor que hacerlo en la plaza, en el tan bello jardín de la cabecera municipal.

No está usted para saberlo, ni yo para contarlo, mi posible amable lector, lectora: no recuerdo haber abusado de golosinas porque hasta eso, salvo huerta libre, no había manera: no abundaba el dinero para las compras, pero ni siquiera las golosinas chatarra como ahora, disponibles para todos los bolsillos infantiles.

Sospecho que estoy retrasando el desenlace, por algún atavismo que me hace revivir aquel trance del cual, aunque tal vez manchado  —porque mi plumaje sí se ha manchado en la vida, no lo niego—; pero a salvo de la crítica y el posible hazmerreír de mis compañeros de juegos, no digamos del desde entonces digno de tomarse en cuenta, el juicio crítico del bello sexo y me refiero a las niñas.HPIM2075

El caso es que a media tarde ya me andaba. No había entonces, que recuerde, baños, sanitarios públicos, si acaso algún paraje solitario por el rumbo del arroyo, a unas cuantas cuadras de la plaza. Pero ni eso se me atravesó por la mente, ante tamaño trance, ante el temor de salir con mi batea de babas, o batea peor y hacerme a media calle.

He de hacer aquí una consideración muy razonable ( a manera de paréntesis), porque desde entonces, mayormente ahora mayor de edad, es decir viejo, tengo en cuenta los sitios estratégicos para todo efecto de emergencia. Con mayor razón que en la zona urbana, una trasgresión voluntaria o involuntaria, puede ocasionar encarcelamiento, así sea momentáneo, por faltas a la moral. Ya ve usted que en esa materia la moral ha sido muy estricta desde siglos, no en otras cuestiones como latrocinios, homicidios, genocidios y masacres.

Nunca me he creído con vocación de matemático, ni mucho menos de topógrafo, aunque en eso terminé ahora, midiendo calles, al volverme caminante, aunque comencé desde niño. Lo digo sinceramente, pero en ese caso comenzó a funcionar mi mente a las mil maravillas, pero sólo la mente, por lo que contaré enseguida. De seguro hice mal cálculo y creí que aguantaba hasta la casa, a unas cuatro, cinco cuadras si ha de tomarse en cuenta medida urbana, aunque en el poblado eran sólo dos largas, infinitas cuadras según lo recuerdo, y lo sentí entonces. Mal cálculo, digo, porque, en todo caso hubiese estado mejor tomar el atajo más corto, hacia el arroyo, conforme a la experiencia de vaquerillo, y así me hubiese ahorrado tantas angustias ¡y reservas!.

Y hay cosas que son inevitables, según las leyes de la naturaleza o de la imprevisión humana, aun cuando se sea niño. Porque a medio camino sucedió, ¡Y sucedió!… Y no hay poder humano en esos casos para detener los acontecimientos. Aunque aquí la ventaja, si se han de sacar lecciones, fue mejor llegar a la casa con tambache que de otra manera menos digna.En el agua, en los sesenta. Depósito en  lo que haora es el jardín

¡Y qué huerta ni qué huerta, ni mucho menos treparse a los guayabos! Lo razonable fue llegar directo al lugar reservado para la condición humana desde siglos de siglos, hacer lo conducente y sepultar por siempre hasta el cuerpo del delito, para que no quedara rastro de aquel trance inoportuno, ahorrando investigaciones a quien pretendiera hacerlo.

Nunca aprende uno las lecciones, y lo digo por lo que debí aprender muchos años atrás de esa infortunada fecha del incidente al que me referí, allí mismo en Penjamillo. Cómo no recordar sus fiestas con la devoción mariana de Mayo, con sus vistosos y devotos arreglos en el templo, la entrada de la flor el día 30, aromas de pinos, frescura de los lirios, con sus pintorescas mojigangas y el día último la fiesta en grande,  la banda de música de la sierra que se tupe ahora sones tan sabrosos como el Juan Colorado, o Arriba Pichátaro, y en aquellos días la Casita de Paja, La Virgen Morena, o Guadalajara.

Pero no hay mayor estropicio para las reglas que soltarle al niño campesino, por lo general deseoso de golosinas, abundancia de dinero. Y si no le dan, lo busca, como entonces, poniendo en juego todas sus artes de pediche, entre la parentela, hábitos que se adquieren y a veces no terminan sino con la vida. El caso es que en una de esas fiestas no hubo sandía, aguacate, plátanos, mangos verdes,  perones y dulces que no llegaran a pasar por la  panza de Silviano, entonces de unos ocho años, o tal vez uno menos.HPIM2141

Debo reconocer mi gusto por los mesones de entonces, estancias de vieja herencia con su amplio corral, cuartos para el hospedaje de los viajeros pueblerinos, depósitos para la pastura de caballos y burros, el pozo  y, por qué no decirlo, más que hoteles de cinco estrellas para el cansado huésped, sobre todo después del ajetreo sin fin durante el jolgorio de una fiesta patronal. Y esto explicaría, soy sincero, la admiración fantasiosa del adulto por los mesones españoles, pero los de la literatura cervantina, allá llamados Ventas, con todo y Maritornes.

Por eso el reparador, así se dice, descanso de la turba familiar donde pudiera tenderse, acomodarse, y no había poder que pudiera despertarlos de su bien ganado y merecido sueño, después de disfrutar de cuanta diversión era posible, en aquellos tiempos de austeridad forzada.

Dije que no hay poder, pero debo retractarme, porque hice entonces, a media noche o comienzo de madrugada, un despertadero con el poder de mis gritos. Y no era para menos: se me había abultado la panza y la alarma entre el vecindario familiar era razonada: Silviano estaba sofocado.

¡Denle yerba del haito!, decía una, recomendando una de las recetas preferidas, recuerdo, de la tía Conchita; pónganle un lavado, decía creo que la tía Chuche. No, cósanle el estafiate, parecía decir otra, en referencia, claro, en eso del estafiate, a la yerbita medicinal usual en estos menesteres. Y creo que la consulta, en debate abierto de la concurrencia, terminó en lavativa, se haya cocido (con “c”),  o no cosido (con “s”), el estafiate, lo que en honor a la verdad, de plano, no recuerdo.

Cierto, entonces, en la edad de la inocencia, no había tanto amor propio. Pero luego, en la edad de la conciencia, como en la aventura tan bochornante de la plaza, antes referida, ya afloraba el sentimiento tan difuso como indefinible, del respeto humano. Igual que en el mundo de ahora, pero, de seguro, hoy en grande.

Insinué algo parecido a corretiza desde la plaza, con aquello de la urgencia que terminó en borrar todo rastro, en la casa del hospedaje, en el lugar reservado. Aunque viéndolo bien, más fue autocorretiza, porque no había factor ajeno que la hiciera, sino las leyes de esta naturaleza que llevamos a cuestas, y a mucha honra.

Pero es momento de referirme también a otras dos corretizas, una tal vez ilusoria y otra más real, pero ambas motivadas por el miedo.HPIM2062

Las correrías infantiles no eludían, desde luego, los peñascales, fueran en barrancas o en arroyos secos, por lo que aquella vez, arribita de El Chorro — barrio, paraje y manantial, que los tres significados abarca–, muy cerca de la casita de mi tía Rafaila Cerda y de la casa de mi tio Pancho Mora, fui víctima de la corretiza primera de las dos a que hice referencia.

No sé qué diantres andaba haciendo por allí, en el arroyo entonces seco, pero que en tiempo de aguas forma un poco adelante una cascada, en la Barranquilla de donde nace, de un costado, el manantial de El Chorro. Allí  se llenaban cántaros utilizando una penca de maguey, aunque después se construyó un depósito, a la moderna, frente a la casa de mi tío Pancho y en la falda Oriente del cerrito de La Santa Cruz, ahora fincado por ese y por otro lado.

En aquel tiempo yo no estaba tan influenciado por pasajes bíblicos, como los relativos al Paraíso Terrenal, donde las víboras hasta hablaban. Menos iba a creer entonces que hasta corrían dando saltos sepenteantes (esto literalmente, porque también son serpientes). Y fue el caso, que en un momento dado vi al animalito, le digo así de cariño no tanto porque sea de mi particular devoción, sino porque a pesar de todo es criatura del Señor.

No sé si ese miedo vino antes o vino después de que un travieso muchacho, no digo nombres porque esta es una página amigable, me puso de corbata una víbora muerta. Así le fue con mi mamá Benita, pero el susto nadie me lo quitó.

Por eso tal vez imaginé que la víbora del peñascal no sólo iba serpenteando en vertical, sino me iba correteando. Lo confieso, eso de que caminaba está por verse, a lo mejor aquella que dije ni tampoco hablaba.HPIM2073

Pero en todo caso, son animalitos a los que, junto con el zorrillo, aun cuando en este caso por razones no tanto visuales sino más bien olfativas, mejor no me les acerco. De haber practicado cuando joven y aún como adulto, carreras de obstáculos, por lo menos termino en algún estadio olímpico y cosechando medallas, porque la carrera que emprendí en el peñascal, dizque correteado por la víbora, no envidiaría a nadie ni en velocidad ni en destreza. Y eso de que el miedo no anda en burros, está por verse, aunque ni por asomo me comparo con el manso animalito, al que admiro por sus dos grandes antenas.

La otra corretiza pendiente de platicar, fue más realista y más a lo humano, no faltaba más. Sé que a veces son más de confiar los animales que los hombres y no es cosa de devanarse los sesos para entenderlo: los animalitos están diseñados con un propósito propio al que son fieles, y los humanos también diseñados con un propósito, pero en el que participan y por eso pretenden ser libres,  y al buscar cumplir su propósito se cruzan con los propósitos ajenos.

Pero eso no implica, por supuesto, coincidir con el Kempis en aquiello de  que en la medida en que convivivió con los hombres, se sintió menos hombre. Por el contrario, en la medida en que conviví con los hombres (sobre todo mujeres), me sentí más hombre. Y habría qué ver qué se escoge, si ser devorado por un fuego atómico, o por el contrario acogerse a la caricia liberadora de un cuerpo humano.

Pero esas no son consideraciones de niño y allí radica la inocencia. ¡Cómo no voy a acordarme de Toño Gómez!, si junto con otros vaquerillos cuidábamos el ganado paterno, fueran dos o cinco reses, no es el caso de cantidad, sino de calidad. Por eso andábamos de potrero en potrero y en una de esas Toño me enseñó a hacer hondas, echando mano de ixtle sacado de costales o hilos y de popotes cosechados en la barranca de El Consejo, de la plantita que llamábamos soromuta, si no se me cuatrapea el nombre con otra llamada tacari, propia para rellenar colchones rústicos.

Por eso conocía yo más o menos el manejo de las hondas, la apantallada que daba uno a los demás haciéndola chasquear con la pajuela, al lanzar la piedra y, no se diga, los efectos si daba uno en el blanco. Ni por asomo hubiera imaginado yo el poder destructivo de las bombas inteligentes de ahora, pero en cuanto a las hondas, sabía que no sólo eran juguetes de vaquerillo.HPIM2066

Por eso y por no sé qué diferencia, alguna expresión tal vez con involuntaria carga de sentido, como a veces lo hace uno ya entrado en el viejo oficio del periodismo (y aún ya viejo el oficiante), un compañero que aun cuando recordara el nombre no lo diría porque esta es una página amigable, entabló pleito conmigo.

Creo que no medí fuerzas, porque era más grandulón que yo, así que, en un momento dado, opté por el retiro estratégico, no sé si con honda o no en la mano y acogiéndome un poco sin darme cuenta, a la sabia sentencia de más vale que digan aquí corrió que aquí quedó, la emprendí corriendo loma abajo, rumbo al poblado y a la casa paterna.

Lo que es cargarle la mano a uno, en este caso la honda, porque en la corretiza, ésta sí provocada, me llovían las pedradas que, por fortuna ninguna dio en el blanco, porque de haberlo dado, ni lo estuviera contando. No logré averiguar si el contrincante, sacando ventaja de estatura, edad y tecnología, haya disparado sólo balas (digo piedras) disuasivas, o haya tirado a dar. No tuve tiempo de averiguarlo, porque en la corretiza cuesta abajo, hasta olvidé las vacas.

Creo  fue desde entonces que comprendí: mi fuerte no son las armas y, salvo agresiones verbales que no faltan en el curso de una vida a tropezones, he preferido las batallas que usan como herramienta la razón , aunque aún así no son tampoco polémicas (batallas) sino razonables, discursivas, porque en estos terrenos, como en amores o afinidades, los zapatos entran mejor sin calzador. Y siempre, siempre, es mejor con-vencer que vencer a secas. La imposición tiende a aplastar: la persuasión tiende a levantar. Y hay su diferencia entre quien conquista y quien libera.HPIM2058

Llego aquí a mi descubrimiento central, el Cosmos. Y aunque pudiera parecer presumido, por aquello del “descubrimiento del Cosmos”, debo precisar que mi primer conocimiento profundo del mismo no me vino por horas y años en alguna universidad de prestigio ni en algún observatorio astronómico, sino me llegó gratis.

Y es natural que un niño campesino, en su despertar a eso de los seis o siete años a lo que lo rodee, se encuentre con que hay grillos que cantan. O estrellitas que relumbran. Otra cosa será cuando percibe que las estrellitas cantan y que los grillos relumbran. Y para el caso, en su primer saber campirano en torno al Cosmos, es lo mismo: la estrella que canta, el grillo que brilla. Y ambos, al unísono, son en sí mismos el Cosmos que se expresa.

Y claro, el gran poeta laureado, el mexicano, dirá lo mismo de su experiencia adulta y hasta le compondrá al suceso un pequeñito poema. Y así es que se nos dirá lo mismo, seamos niños o adultos.

¿Tendrá eso relación con el gusto, el placer de contemplar el cielo estrellado, el Camino de Santo Santiago (la Vía Láctea) tendido de espaldas sobre un manojo de rastrojo luego de haber consumado al rústica cena, que culmina en “postre” con un toqueri tostado en las brazas de la hoguera, de la lumbre, una noche de  noviembre durante la vela del “montón” (de maíz) tras su cosecha en la milpa de El Guayabo?.

¡Quién sabe!: pero no es desestimable haya nacido allí el gusto por lo grande, lo grandioso y el toque por el misterio que rodea la existencia, que hace, en los años de juventud, capturar aquella frase de un salmo en un libro que no sé por qué decía en italiano “cieli narrano la gloria di Dio”, luego leída en su versión latina también: “caeli enarrant gloria Dei”, o sea “los cielos proclaman la gloria de Dios”.

Y de allí, llegar en la madurez a la verdadera megalomanía, sentirse grandioso porque eres y formas parte, de ese formidable proyecto creativo que nació con el Big-Bang y culminará ¿cómo?. Con un nuevo nombre, con un nuevo ser para todo.

Pero esto me lleva a otro gran descubrimiento, mi limitación y mi incursión en la gran herencia recibida, la cultura en su expresión del pensamiento cristiano.DSCN1423

Podría, si estuviera en mi mano, proporcionar a mi paciente lector, lectora, no sólo diez y mención honorífica, sino diplomado, o algún otro grado en el saber, luego de aguantarme hasta estos renglones, en los cuales parece que desbarro y sobre paso límites con temas o vivencias fronterizas.

Y tiene razón, desbarro porque he llegado a una zona límite, en la que comenzaron mis penas y empezó al mismo tiempo para mí, la verdadera riqueza heredada: el don de la palabra y tal vez, con modestia lo digo, el Don de la Palabra.

Y fue en el Colegio de Penjamillo, donde pasaron por mis manos y mi vista, aquellos textos de la Historia Sagrada (FTD) o de la liturgia, mismos que, en honor a la verdad, junto con otros como los relativos a historia, capturaron mi interés.

Llego, luego de tanto rodeo, a mi remembranza de la Madre Francisca, la bondadosa religiosa y maestra. Debió su sensibilidad maternal verme un poco desnutrido, no sé, o algo amarillento de mi faz, lo que me hace temer haya correspondido a la realidad, a juzgar por algunas exclamaciones del público (digo de compañeros de aula), a la hora de la hora.

Y esa hora de la hora, era a media mañana, cuando la madrecita, con una imperativa pero amorosa seña o mirada, me mandaba a la cocina. Allí estaba siempre Marina, la cocinera, que preparaba desde luego al interfecto su tacita de caldo de frijol sancochado.

Debió la madrecita saber de alguna cualidad nutritiva del caldo, porque tenía qué ser de frijol y sancochado. Pero no se crea que el tentempié matutino se reducía siempre al frijol, porque de vez en cuando la dieta de las monjitas–maestras incluía pollo, por lo cual el no muy grato caldo rutinario, se convertía en el más agradable de gallina.

Si algún especialista pretendiera darme lecciones sobre cómo nacen los complejos, bien podría decirle, en réplica, que muy a tiempo lo supe. Porque todo era que la madrecita hiciera la seña consabida y el estudiante de tercero encaminara sus pasos hacia la cocina, para que alguna que otra voz celosa comenzara a maullar como si dijera: “hái” va el gato. O el epíteto del limón amarillento.

HPIM2191No debo terminar mi ciclo del caldo, sin mencionar lo realmente importante: fue allí, con la madre Francisca, cuando recibí mi primer curso, mi primer tratado de teología sistemática, si se me permite usar para el caso, términos académicos sin que por asomo pretenda atribuirme en ello competencia.

La madre amorosa puso, pues, en mis manos, la Instrucción Religiosa, librito famoso entonces bajo el subtítulo de “El Cristianismo. Sus dogmas, Oraciones, Mandamientos y Sacramentos”, 375 páginas según una reimpresión que adquirí muchos años después en una librería de viejo en la ciudad de México.

Pedagógico, o no, para un niño de once años, el caso es que me soplé el librito de pe a pa: la tradición de mi Iglesia en unas cuantas páginas. Fue de cierta manera, el librito, el principio en un proceso de “intelectualización” de la fe. Por eso me habrían de hacer después un Concilio, a fin de revisar todo eso y llegar al “aggiornamento”, a la puesta al día en la cual aún estamos. Luego seguiría por mi cuenta en la literatura repectiva. Por eso digo, y a pesar de que el desandar lo andado ideológico trae sus pesares, bendita la madre Francisca que me abrió el paso hacia lo recibido comunitario, la tradición de mi Iglesia.HPIM2198

Esa tradición, mi contemplación del firmamento, el convivir con bichos, peñascos y matorros y  las vivencias de niño campesino, aunque no sólo, fueron la gran escuela de mi vida. Y de alguna manera todo ello se refleja, también, en esos breves trabajos que he llamado Fantasías. Y si tuve el honor de que me siguiera hasta aquí, lector (a) amigo (a), espero tener también el honor de que las visite. Habré quedado convencido de que, a pesar del caminar mediante tropezones, algo pudo quedar, entre el caer y levantarse. De ser así, por mí, se lo regalo)))HPIM2195

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NOTA BENE:

No sé si lo anterior sea primera, o última parte. El caso es que, ni por asomo, está debidamente agotado el ciclo de la infancia. Prometo, de ser el caso, un agregado con matices subjetivos de la misma.

He de hacer notar, sin embargo, que en el terreno laboral,  práctico,  ya adentrado en la vida urbana, mi caminar comenzó allá por el 53, en México. Mi interesado lector (a) habrá de saber que mi primera incursión en ese mundo interesante, antes de ser contratado por el Banco, fue allegarme al taller automotriz de mi primo Chente.

Él, benevolente, a fin de que me ganara unos pesos, me pidió cambiar la llanta en el carro de uno su clientes, tan decentito  que hasta vestía traje. Hice todo el propósito de cambiar la llanta. El bondadoso cliente captó el trance, me ayudó a cambiar la llanta y me “pagó” el servicio: dos o tres pesos…¿Crisis de un adolescente, de 19 años recién desempacado del exilio campirano?. No, crisis de civilización: el joven inexperto, de mentalidad campirana; el ex internado de mentalidad monacal, incapaz de adaptarse a las primeras de cambio a la práctica urbana de la vida moderna. Y ahora al revés, la mentalidad tecnológica superacelerada, destructiva, cibernética y virtual, incapaz de recuperar su origen: la convivencia con yerbas, bichos y el trato directo, transparente que da el contacto con la vida y el alma campirana…HPIM2196

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Ziquítaro, paisaje con Cerro del Metate al fondo

MI CAMINAR, SEGUNDA PARTE

MI CAMINAR. POR LA SEGUNDA VEREDA

La Piedad, 5 de Enero de 2014.

A pocas horas de que la manecilla del reloj de los 78, entregue su relevo a la que sigue, ¡qué momento más oportuno para recordar!, un 5 de enero, cuando se cumplen los 79 y, lo más importante, se penetra, al atardecer, como no queriendo, en el túnel enigmático de los 80s.

El calendario formal, es lo de menos. El “calendario” del soñar, es lo de más. Y por eso unas horas más, daré vuelo a mis ensueños para contar, cantar, y quien quite logre salir de mi narcisismo y de mi “egocentrismo” y así poder decir algo a propósito de mi caminar, pero a la hora del atardecer, en el crepúsculo de la ancianidad y, por qué no, en la aurora del amanecer, si las cosas han de verse con Esperanza, según se vea o se sienta, conforme a las enseñanzas del caminar, pero éste comunitario.

         Bajo pues la escalera, hacia los sótanos del mí mismo, dijéramos, hacia mi propia subjetividad según lo prometido en MI primer CAMINAR, http://eltaller.us.es/index.php/MI_CAMINAR

 para incursionar en el país de los sueños, vale decir, del recordar. Y lo haré a manera de pinceladas, de aquí, y de allá. De aquí, como lo veo ahora. De allá, como lo presentía tal vez entonces.

Y en la mañanita del cinco,  y a las cinco cuarenta y cuatro marcada en el reloj de “pader” que me acaba de regalar GUIA (a ver si así mando más temprano mi material, digo yo) , y lo agradezco, vago por mis ensueños para contar de aquella vez en que se me apareció un monstruo. Y fue en Panindícuaro.

Siempre me han gustado las mañanitas, sobre todo campiranas. Siempre me han gustado las tardecitas, sobre todo campiranas. Y aquella mañana, no sé ni por qué, andaba por  Panindícuaro con mi papá Chon, a quien siempre me le pegaba en sus correrías de músico pueblerino, o a la hora de sembrar el trigo, o el garbanzo, en el potrero ziquitarense llamado La Ciénega, o simplemente a la hora de las cosechas del maíz, fuese en la milpa del Potrero de los Cerdas, ahora barrio, fuese en El Palo de la Llegada, o en la “pedacera” de parcelitas en El Guayabo, o en El Potrero Viejo.DSCN2188

Pero creo que en Panindícuro mas bien andábamos de turistas y no en planes de trabajo. Alguna encomienda de los afanes familiares, o tal vez alguno de los mandados, a los cuales era afecto el servicial de mi papá.

El caso es que sentí algo como escalofrío al oír con su gran intensidad los resoplidos del monstruo y quedé paralizado por el no saber y el no  poder, aun cuando quedaba en mí un dejo de confianza, porque en ese trance no estaba solo, sino bajo la protección de mi padre.

No alcanza mi imaginación para describir aquel monstruo de fauces indefinidas, rasgando con su presencia y lo blanquizco de su vaho, la oscuridad todavía de la naciente mañana.

Decían que esa bestia, ese monstruo, pasaba todos los días, y que brotaba de las tierras de Guanajuato para caminar asustando chiquillos por todo un trayecto que pasaba por donde dije, recorría en su chacachaca rodar pasando por Ajuno, cerca de Zirahuén, y no sé si llegaba hasta Uruapan.

Debió llegar, porque una vez, según decían, ya en las entrañas del monstruo, hubo necesidad de recorrer sus corredores intestinos para buscar dónde, el niño tragón, hiciera de la popo, lo que no logró por cierto, según decían, porque se  hizo antes y alcanzó por ello enérgico reproche. Y según decires chistosos de Trinillo, el sonriente vecino de parcela paterna, el dicho defensivo del niño aquel, era simplemente: nomás no me legañes Cana (mi papá). Es que en tal aprieto y al intentar pasar de un carro al otro, hubo el riesgo de que ahora me fuera imposible contar aquello, y no tanto porque me hubiera hecho antes de tiempo.

De todas maneras, guardo gratos recuerdos de aquello que me pareció bestia. Fue el primer medio de transporte que me llevó a México, cuando mi abuelo Vicente nos trasladó a Ramiro, Ramón y a mí, a Puebla, donde comencé, por no sé qué designios, mi internado educativo de seis años, para completar poco a poco la información que había captado en el librito que me regaló en Penjamillo la bendita madre Francisca, según dije.

De ese año en adelante, hasta bien entrados los cincuenta y creo que aún después, aquello que consideré bestia me trasladó también, en su seno, a recorrer mundo, las muchas veces que viajaba a la capital, desde la antigua estación de Santa Ana (le decíamos estación de La Piedad), o a Mexicali, la primera vez, ya de joven, con mi papá, ida y vuelta, pero el regreso en un trayecto que duró tres días, en asientos de madera. O al regreso de Morelia, ya con críos, en un recorrido de casi un día, hacia la ciudad de México, toda una excursión que nos permitió disfrutar de cuanta golosina se nos puso por delante por afanosos vendedores durante cada estación pueblerina, o  atisbar el misterio de por qué muchachos, en la noche oscura, por las inmediaciones de Tacuba, agarraban al tren a pedradas, antes de  éste llegar a la entonces nueva estación de Buena Vista.

Pero ¡Oh decepción!, se acabó el encanto de los trenes populares, luego que los afanes privatizadores los vendieron al negocio privado. Pero en el pecado llevamos la penitencia: ahora se considera que el ferroviario es un transporte ecológico, y se piensa volver a ellos, como en la vieja Europa, donde bien que funcionan. Aunque sea sin el chacachaca monótono durante los interminables recorridos contemplando desde la ventanilla el variopinto paisaje mexicano, con la tracción silenciosa del diesel o más aún, de la energía eléctrica.

Ahora me divierte, también por las mañanitas, el grito sonoro del tren que en su caminar bien hacia Guadalajara y más allá, o a Colima, grita, a todo pulmón, durante las silenciosas mañanas, al pasar por San Juan del Fuerte, como si dijera: mira, aquí estoy, todavía vamos juntos en el atardecer de la vida.

Cambio de frecuencia para decir que aquel día, o aquella tarde, no estoy seguro, y bajo el añoso mezquite de la casa que fuera de papá Vicente y mamá Petrita y luego de papá Chon y Mamá Benita, la casa del sufrimiento, jugaban los niños sus rondas infantiles, pero echando mano de las estrofas que, según voz familiar, eran de la autoría del cuando niño,“poeta” Silviano.

Miry, Flavia, Gabrielita y otros de la ronda familiar, danzaban va y viene, a la manera del Matarili, pero entonando el Cabudedos, Cabudedos, Cabuderos; Los Mecates, Los Mecates, Los Mecates; Sani Sani, Sani Sani, Sanisantes. Era tal el alborozo infantil que Chon les llamó la atención considerando tal vez que era una especie de profanación al estro del susodicho poeta. A mi desde luego me parecía toda aquella inventiva infantil de la chiquillada, una feliz ocurrencia.

No tan feliz, ni tan infeliz, aquella versificación habría de retomar otras dimensiones, al casi engarzarla con el cantar de altura del músico Rossini, en su crescendo de la obertura El Barbero de Sevilla.

Decían las crónicas familiares que al niño Silviano le dio por cantar, en los albores del despertar a la vida social, unas estrofas tan “originales” y tan “extensas”, como lo arriba mencionado. A uno de los muchachos de la buena, servicial, alegre familia Duarte, vecinos en la casita del Llano, se le ocurrió dotar al referido “músico-poeta” del instrumental necesario para su desempeño, y fue como le improvisó con un leño largo, un tololoche, y con cordeles de lazo, las cuerdas. Y así, con su gabán bien puesto y su flamante tololoche, cantaba y cantaba el  Cabudedos, cabudedos. Así decían.

Días vendrían cuando durante una postración de esas que hacen mella, el tal cantito recobrara vida y luego se le colgara al más profesional y desde luego mejor articulado del crescendo referido, para expresar indecibles mociones que también, por sublimes, marcan vidas y despiertan añoranzas.

Fantasías posteriores en busca de explicaciones, habrían de jugar con los números de la aritmética, al recurrir al cuatro del ritmo dominante, que mitologema, en determinadas tradiciones significa ni más ni menos, que lo universal existente. La mente intelectualizada inventando conclusiones que en el sentir de un niño era simplemente divertido “cantar”.

Cambio de frecuencia para decir que durante las correrías infantiles de vaquerillo, no había más quehacer que atajar las reses para contenerlas en el pastizal que uno considerara mejor; y en el interin, usar los paredones a manera de resbaladillas, dizque nadar en la tinaja del tiempo de aguas, improvisar la fogata con leña de tepame, palodulce o de perdida del modesto casahuate, cantar o componer versos.

Esto del cantar y componer versos, es relativo, porque de recordarlo, sólo intenté  hacerlo una vez, con  una “composición”, tan original, tan original, que la bauticé como La Guaracha y no sé por qué, sería con el afán de darle compañía al guarache. El caso es que en mis ratos libres, cante y cante, camine y camine por los campos que duraron días, hice la referida “composición”, cuyo texto quedó en los archivos de la memoria, pero ¡Oh Curiosidad!, al tratar de desentrañar después los intríngulis de aquello, resultó cifrado, con el 4 como referencia del universal existente y el total diez, como la plenitud de plenitudes, según determinadas tradiciones, de reminiscencias apocalípticas.

Ganas de hacerse tarugo, porque si a esas vamos, especulando sobre eso, todo está cifrado para enseñarnos a caminar según los diseños de la vida realmente existente, a fin de completar la plenitud que vendrá, pero ese, en realidad, es el verdadero cantar, el cantar de los cantares. Y cualquiera lo puede percibir, si se abre al gran libro de la naturaleza, ahora amenazada por nosotros mismos, que somos también de la familia de los vivientes, o dicho de otra manera, de la familia de lo realmente existente.Día de muertos, 23

Pero aquello de las mociones, u ondas que interrumpían mi discurrir de niño, y que se dieron durante algunas temporadas, no pasaban de ser elucubraciones infantiles, que mi persona vaqueril interpretaba simplemente como “otra figura”. Pero eso nos sucede a todos cuando hacemos paréntesis en el mundanal ruido y nos dejamos llevar por las mociones (o susurros imaginativos) que nos regalan el amor, o el afecto, la admiración o el respeto,  sea a una persona, a una planta, o a un animalito.

Lo que sí digo, y esto sin cambiar de frecuencia, es  aquello de la estrellita y el grillo, que de alguna manera he contado en otras oportunidades de mi modesto escribir. Pero, por lo demás, no es cosa de buscarle rebuscadas explicaciones a lo que puede ser común en el ambiente campirano en un niño que contempla el firmamento y sus estrellas. Y no son deseables los apagones, pero durante ellos, el hombre urbano bien podría contemplar el cielo y remembrar sus nostalgias del paraíso perdido.Día de muertos, 2

El caso es que serían los seis o siete años cuando aquella noche vi las estrellas, en particular alguna de ellas que me llamó…la atención, pero al mismo tiempo escuchaba un grillo cantador. En mi mente infantil, no disocié al grillito por aquí, a la estrellita por allá, aun cuando creo le daba su lugar a cada una de las criaturas mencionadas.

Porque en un momento, creí que grillito y estrella cantaban y brillaban (tintileaban) al unísono. O más bien dicho, la estrellita en su intermitente tintilear, expresaba, al grillito, en su intermitente canturrear.

Será cosa de aprender a leer, en nuestro caso el homo sapiens civilizado, releer, a la naturaleza. Los científicos nos dicen ahora que no hay ser aislado en este Universo mundo. Ni átomos, ni estrellas, ni grillos. Nuestra edad es la misma para todos, unos 13,300 millones de años, poco más o menos; somos una familia (la Creación) y ella pertenecemos y nuestro destino es compartido.Ziquítaro. Futbolistas-en-los-50s

También se dirá que la raza humana, la única, con sus admirables matices,  tiende a su unidad; pero si no se une realmente, se destruye y esto no es juego, ni mucho menos retórico.

En eso del bailar, lo digo con franqueza, no soy modelo, ni me considero serlo en nada. Los internados de antes, en eso y en algo más copaban, pero además condicionan los propios temperamentos. No es desdeñable, sin embargo, que de todas maneras lleva uno la música por dentro, porque eso le fue dado y no hay castraciones ideológicas que lo quiten.HPIM3855

Recuerdo bien que yo seguía, a Chon, músico pueblerino, en algunas de sus “tocadas”, en sus fiestas, y bien que se desempeñaba con el trombón. Y era cosa de ver y oír aquellos jarabes, del uso campirano entonces, como aquella vez en San Antonio Carupo, donde la chusma infantil se entremezclaba entre los adultos para vibrar al ritmo zapateado.

Y no era ni es  desdeñable aquella costumbre, en fiestas pueblerinas, de acompañar a la banda de música tradicional, aun cuando a veces sea un “privilegio” de alumbrados, o sea cuando a  uno se le han pasado las cucharadas, zapateando y al son que le toquen baila.HPIM1354

Son de recordar expresiones recientes, en otras latitudes, cómo todo un pueblo despidió a su líder (Mandela) con cantos y baile. Aquí, nosotros, disponemos según se cree de cientos y cientos de danzas. Somos, pues, un pueblo de artistas. Vale una especulación: ¿Sería el mismo México si hubiésemos recibido con danzas a los Papas, no sólo con discursos, y sintonizando con ellos en el mensaje que ahora se dice, es de alegría?.

DSCN0983El cambio de frecuencia me permite decir lo que llegó a decirse, en aquellos tiempos un poco turbulentos, a nivel  de pueblito, que un día llegó por los cerros de Ziquítaro un padre, posiblemente misionero, procedente posiblemente de Zamora, cabecera de la diócesis. No era raro que las misiones tanto de religiosas como de sacerdotes, fueran complementarias de acciones rutinarias dentro del esquema usual en estos menesteres de fe. Lo que me impresionó fue el hecho del caminar del misionero, quien según se decía, se regresó también, a campo traviesa, a pie, rumbo al lugar de donde había venido.

Eso debió impresionarme, porque muchos años después, luego que me llevaron de la plancha de operaciones a la cama de reposo, y ante la preocupada concurrencia de médicos y directivos del internado, se me ocurrió decir que sería misionero. Lo chistoso del caso, es que pretendía llevarme a la enfermera de compañera, a mi empresa misional, je je. El caso quirúrgico debió ser delicado, porque supe que un año después un compañero del internado, no sobrevivió a la apendicitis aguda. No me tocaba, si no, de seguro ni lo mencionaría ahora.

Es de dudarse si en la adolescencia los afanes misioneros no serán sino el deseo de aventura por países exóticos, antes que debidos afanes evangélicos.

 Ahora pienso que hay muchas maneras de ser misioneros, aún laicos. El caso es que abundan: misioneros que expresen algo, en pequeño, o en grande, en favor de la vida, amenazada por nosotros mismos. En todo caso, serán siempre biofílicos los designios de la Vida.

http://eltaller.us.es/index.php/FANT.13-_A2K_O_EL_ERROR_DEL_MILENIO

Cambio radicalmente de frecuencia para relatar lo que considero una experiencia subjetiva (y espero no sea redundancia entre los dos términos), la cual podrá interpretarse como se pueda o como se quiera, según enfoques, pero que la presento solamente como un acontecimiento síquico, en sus líneas generales  no borrado de la mente, a través del tiempo.

Soy consciente de que esto es un atrevimiento, pero va como lo sentí, lo viví, lo experimenté. En todo caso, no me siento, en torno a ello, ni único, ni exclusivo y caigo en la cuenta que, a pesar de todo, cada uno de nosotros, y todo lo existente, es un enigma siempre abordable, y desde la perspectiva creyente, un misterio de la vida.

Es un asunto para consignarse en libro, me expresó  alguna vez una persona autorizada; una especie de incursión en el inconsciente colectivo, acaso, le escuché a otra; y sé ahora, que en determinados asuntos, no se le pueden poner condiciones a Quien decide ofrecer un regalo…compartido. Al fin y al cabo, “nadie se vuelve loco por recibir un mensaje de  paz”.

Son, en todo caso, meras opiniones subjetivas en el fondo y,  en la forma, expresiones literarias si acaso, sin que de ninguna manera, y en ambas modalidades, me atribuya en ello competencia ni académica, ni autoridad en ninguna clase de investidura.

El no haberse borrado en lo fundamental, aquellas experiencias a través de las décadas, 39, 40 años, y al ser apreciado su contenido como algo bueno y por lo tanto con indicios de verdadero, es por lo que considero, he considerado, abordarlo por escrito (exclusivamente por escrito) de diversas maneras.

E N C A R N A C I Ó N   y B E N I T A con el nietecito

E N C A R N A C I Ó N y B E N I T A con el nietecito

Admitiendo, como admito ser diletante, en las diversas cuestiones que abordo, y sin que tenga para mi ningún sentido referirme a circunstancias objetivas que hayan rodeado mi entorno de entonces, reconozco mis limitaciones de expresión y, al mismo tiempo, considero que todo aquello podrá decir algo a mis posibles lectores. Nada más. http://silviano.wordpress.com/2011/04/29/suenos-guajiros-rusticos-vi-silviano-martinez-campos/

Y si bien las experiencias comenzaron en el 74 y se prolongaron el 75, relato aquí el que considero episodio central de mis vivencias. Sueños Guajiros, pues, dicho a la manera festiva, reduciendo todo a lo que, a fin de cuentas, podría ser un episodio más de lo que miríadas de personas han aportado para la buena marcha de las cosas, en lo pequeño y en lo grande.Otra vista del telar operado por una trabajadora

Ni qué decir que como ciudadano me inclino porque nuestro entorno social se oriente, en todos los niveles, por la justicia y la unificación humana. Y como católico, que el mensaje del Señor Jesús sea una aportación vigorosa en todas partes, para que se reoriente nuestra vida comunitaria igual en justicia y en la paz constructiva que salvaguarde la vida, tan amenazada hoy  por hoy, en todas sus expresiones.

Niñas con sus rebocitos, en la pasarela

Va pues mi relato (relato, dije, no crónica):

Era un día de octubre, media mañana. Bajé la escalera de mi pequeño departamento, en un cuarto piso y en uno de los recovecos vi un paquetito de Sal. Lo digo, para ubicarme. Había suspendido mis clases que daba sobre una materia quizás de título rimbombante como geopolítica de la información (agencias noticiosas y organizaciones relativas al periodismo en niveles no nacionales) y mis alumnos eran, sobre todo, muchachas, lindas por cierto.

¡Qué lindas se ven las  pequeñas!Había dejado las clases por una especie de obnubilación que pude entender vagamente como enfermedad y los médicos tal vez sin vaguedades, la calificaban así.

Caminé por la calle de Edison, rumbo al centro de aquella desde entonces gigantesca ciudad de México. Poco antes de la alameda central vi los cristalitos del piso, activados en su reluciente esplendor, por el sol mañanero. Mi subjetividad transtornada los interpretó como estrellitas, estrellas reales de esas del firmamento, y luego como una proyección hacia lindas muchachas.

Aturdido como andaba, llegué a la Alameda central, la crucé por el lado frontal del Palacio de Bellas Artes, crucé la avenida Eje Lázaro Cárdenas, o Niño Perdido, sobre lo cual no me ha interesado precisar cuál era el nombre de entonces.Trabajando en el taller

Tomé, en mi caminata, la avenida Madero, que comienza según creo recordar con La Torre Latinoamericana y sigue el templo de San Francisco. No recuerdo haber pasado al templo, el cual era de mi predilección  porque admiraba su interior, sobre todo aquellos grandes cuadros con motivos franciscanos. El templo, pues, dedicado a San Francisco, no me atrevería a decir santo de mi devoción porque en aquellos tiempos no me consideraba muy devoto, pero sí santo de mi admiración, entonces y ahora.

Trabajando en uno de los telaresContinué mi caminata rumbo a Bolívar, obvio, por la banqueta, puesto que la calle no se abrió al peatón sino décadas después.

Poco antes de aquella calle mencionada, me sentí transformado en un ser bellísimo, cuerpo reluciente con los colores del oro, tornasol el cuerpo, tachonada la frente con diminutas joyas a través de las cuales y de la diadema que coronaba la cabeza, recibía mensajes luminiscentes de lo alto, o de lo profundo.

Creí no perder el juicio, porque no me atreví a cruzar la calle antes de que se pusiera la luz verde del semáforo. El de la voz me había “dicho”, respeto sus reglamentos.Vista general del taller artesanal rebocero

Todo atolondrado giré hacia la izquierda y luego también a la izquierda por la calle de Tacuba, creo que así se llama. Y frente a la casa perfumada (una aromática perfumería) mirando al Norte, sobre aquellas edificaciones, llegué a creer que el mensaje también era para quienes destruyen la Tierra.

Seguí rumbo a la Alameda, me senté en una banca que miraba hacia un conjunto colonial de dos templos, plazoleta de por medio y, en el centro de la edificación, plazoleta de  por medio, uno como museo, o palacio artesanal, del cual provenían bellas piezas del folclore mexicano, algunas tal vez con temas de la revolución mexicana. En el momento en que escuchaba la música de mi tierra, de mi México, me invadía una tranquilidad, una paz indecible, con dejos de suave melancolía.

Me levanté de la banca, me dirigí hacia el Poniente y en las cercanías del templo de San Hipólito, pero todavía en la Alameda, me encontré a un colega zamorano, periodista muy activo entonces, de trato amable siempre conmigo, que interpreto como una característica de su talante y una simpatía innata en él, por el paisanaje. Me preguntó en torno de un accidente ocurrido tal vez el día anterior, en una de las estaciones del Metro. No se me ocurrió ni entonces ni después, averiguar en la prensa los pormenores de tal accidente, así es de que no logré contestarle con precisión, y no llegué a detectar si él detectó mi perturbación.

Allí había terminado mi vivencia, regresé a casa y de lo demás de ese día, de plano nada recuerdo. http://eltaller.us.es/index.php/FANT.3-_ENCUENTROS_CERCANOS

HPIM1949HPIM1918DSCN0639DSCN1076

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4 Responses

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