¿Qué es el ser humano?; ¿Qué es el espíritu?; Espíritu creador; El divino Niño. Leonardo Boff

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¿Qué es el ser humano?

2003-11-07

  ¿Qué somos nosotros? Cada cultura, cada saber y cada persona trata de encontrar una respuesta. La mayoría de las comprensiones son insulares, rehenes de cierto tipo de visión. Sin embargo, las contribuciones de las ciencias de la Tierra, englobadas por la teoría de la evolución ampliada, nos han aportado visiones complejas y totalizadoras, insertándonos como un momento del proceso global, físico, biológico y cultural. Pero no acallaron la pregunta; al contrario, la radicalizaron.

Pues, ¿qué somos? El ser humano es una manifestación del estado de energía de fondo, de donde todo proviene (vacío cuántico), un ser cósmico, parte de un universo entre otros paralelos, articulado en nueve dimensiones (teoría de las cuerdas), formado por los mismos elementos físicoquímicos y por las mismas energías que componen todos los seres. Es habitante de una galaxia, una entre doscientos mil millones, que depende del Sol, estrella de quinta categoría, una entre otras trescientos mil millones, situada a 27 mil años luz del centro de la Vía Láctea, cerca del brazo interior de la espiral de Orión. Mora en un planeta minúsculo, la Tierra. Somos un eslabón de la corriente única de la vida, un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens, dotado de un cuerpo con 30.000 millones células, continuamente renovado por un sistema genético formado a lo largo de 3.800 millones de años, portador de tres niveles de cerebro con diez a cien mil millones de neuronas: el cerebro reptiliano, surgido hace 200 millones de años, alrededor del cual se formó el cerebro límbico, hace 125 millones de años, completado finalmente por el cerebro neocortical, surgido hace cerca de 3 millones de años, con el cual organizamos conceptualmente el mundo. Es portador de una psiqué de la misma antigüedad que su cuerpo, que le permite ser sujeto, una psiqué estructurada alrededor del deseo, de arquetipos ancestrales y de todo tipo de emociones, coronada por el espíritu -aquel momento de la conciencia por el cual se siente parte de un todo-, que lo hace siempre abierto al otro y al infinito, capaz de crear y captar significados y valores, y capaz de preguntarse sobre el sentido último del Todo, hoy en su fase planetaria, rumbo a la noosfera por la que mentes y corazones convergirán en una humanidad unificada.

Nadie mejor que Pascal (+1662) para expresar el ser complejo que somos: \”¿Qué es el ser humano en la natureza? Nada comparado con el infinito y todo comparado con la nada, un eslabón entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde es sacado ni el infinito hacia el que es atraído”. En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Chardin). Siendo todo eso, nos sentimos incompletos, y naciendo todavía. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos. Y a pesar de eso experimentamos que somos un proyecto infinito que reclama su objeto adecuado, también infinito, llamado Dios.

Y somos mortales. Nos cuesta acoger la muerte dentro de la vida y el drama del destino humano. Por el amor, por el arte y por la fe presentimos que hay algo que va más allá de la muerte. Y sospechamos que en el balance final de todas las cosas, un pequeño gesto de amor verdadero que hayamos hecho vale más que toda la materia y la energía del universo juntas. Por eso, sólo tiene sentido hablar, creer y esperar en Dios si Él es sentido como prolongación del amor, en forma infinito.

Leonardo Boff

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¿Qué es el espíritu?

2003-11-14

Para entender lo que es espíritu debemos superar la comprensión clásica y la moderna y valorizar la contemporánea. La clásica dice: el espíritu es un principio sustancial, al lado de otro principio material, el cuerpo. Espíritu sería la parte inmortal, inteligente, con capacidad de trascendencia. Convive un determinado tiempo con la otra parte, mortal, opaca y pesada. La muerte separa una parte de la otra, con destinos diferentes: el espíritu para el más allá, la eternidad, y el cuerpo para el más acá, el polvo cósmico. Esta visión es dualista y no explica la experiencia de unidad que vivimos. Somos un todo complejo y no la suma de partes.

La concepción moderna dice: el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico. Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo.

La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas. Cuando los dos primeros topquarks comenzaron a relacionarse y a formar un campo relacional, allí estaba naciendo el espíritu. El universo está lleno de espíritu porque es reactivo, panrelacional y auto-organizativo. En cierto grado, todos los seres participan del espíritu. La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado. El principio funciona en ambos, pero de forma diferente.

La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente. Por el espíritu nos sentimos insertados en el Todo a partir de una parte que es el cuerpo animado y, por eso, portador de la mente. En el nivel reflejo, espíritu significa subjetividad que se abre al otro, se comunica y así se autotrasciende, gestando una comunión abierta, hasta con la suprema Alteridad. Definiendo: vida consciente, abierta al Todo, libre, creativa, marcada por la amorosidad y el cuidado, eso es concretamente el espíritu humano.

Si espíritu es relación y vida, su opuesto no es materia y cuerpo, sino muerte y ausencia de relación. Pertenece también al espíritu el deseo de encapsularse y rechazar la comunicación con el otro. Pero nunca lo consigue totalmente porque vivir es forzosamente con-vivir. Aun negándose, no puede dejar de estar conectado y de conectarse.

Esta comprensión nos hace conscientes del vínculo que liga y religa todas las cosas. Todo está envuelto en el inmenso proceso complejísimo de la evolución, atravesado en todas las etapas por el espíritu que emerge, cada vez, bajo formas diferentes, inconsciente en unas y consciente en otras.

En esta acepción, espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la relación, la vida, la comunión, la subjetividad y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más abiertos. Al final, espiritualidad no es pensar en Dios sino sentir a Dios como el Vínculo que pasa a través de todos los seres, interconectándolos y constituyéndonos, a nosotros y al cosmos.

Leonardo Boff

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Espíritu creador

2003-11-21

  Entender la realidad como un tejido intrincado de relaciones, como hemos visto en nuestro artículo anterior, significa situarse en el seno de aquella experiencia que permitió a la moderna cosmología hablar de espíritu. En esto ella coincide con las tradiciones transculturales de la Humanidad. Spiritus para los latinos, pneuma para los griegos, ruah para los hebreros, mana para los melanesios, axé para los nagô y los iorubá de África y sus descendientes en las Américas, wakan para los indígenas dacotas, kipara los pueblos de Asia nororiental, shi para los chinos… poco importan los nombres: en todos los casos estamos ante una energía originaria que lo atraviesa todo, que hace del universo un inconmensurable organismo y se manifiesta como una realidad que está en emergencia, en fluctuación y en apertura hacia lo nuevo, en una palabra: como vida y espíritu.

Fue el animismo (animus = espíritu) quien captó esa dimensión de la realidad. Como han señalado notables antropólogos como E.B. Taylor, el animismo no configura una visión mágica, sino una manera coherente de leer el universo, y de interpretar cada cosa a partir del principio de interacción, de la vida y del espíritu. Nosotros, modernos, somos también, a nuestra manera, animistas, en la medida en que vivenciamos el mundo afectivamente y no sólo como objeto neutro. Todo tiene valor y transmite un mensaje: los animales, los árboles, los vientos, las casas y las personas. Todos poseen, por su presencia, un dinamismo que nos afecta y nos hace interactuar. Son portadores de ‘espíritu’ porque hablan y están cargados de simbolismo. Por eso es posible la poesía, el arte, la inspiración en cada orden de conocimiento, hasta en la ciencia física más formalizada.

El chamanismo surge de esta lectura de la realidad. El chamán no es simplemente una persona entusiasta; es alguien que tiene acceso a las energías cósmicas, y a través de sueños, ritos y danzas, logra que sean bienhechoras para los seres humanos. Cada uno tenemos nuestra dimensión chamánica, que, si la despertamos, nos ayuda a sintonizar con el equilibrio dinámico de todas las cosas. Cuando hablamos del espíritu humano, no nos referimos a una parte sino a todo el ser humano, a su modo de ser autoconsciente, capaz de percibir totalidades y de ser un nudo de relaciones, abierto a todas las direcciones.

La Fuente originaria de todo ser fue llamada con frecuencia Espíritu. Decir «Dios es Espíritu» es expresar a Dios en el conjunto de la vida, de la comunicación, de la creatividad, de la pasión y del amor. O sea, aquella Energía que subyace a todas las demás energías, llena todos los espacios y tiempos y continuamente crea y recrea: el «Spiritus Creator». Los cristianos profesan en su credo: «creemos en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida». Ese artículo expresa la conexión del Espíritu con la vida y el «espíritu» en la creación. En nosotros ese Espíritu se revela como «entusiasmo» (en griego, «tener un Dios dentro»). El Espíritu está en todas las cosas y todas ellas están en el Espíritu. He ahí el pan-en-espiritualismo, similar al pan-en-teísmo (no «panteísmo»).

Del Oriente nos vino este pequeño poema que traduce bien la presencia mutua: «El Espíritu duerme en la piedra, sueña en la flor, despierta en el animal y sabe que está despierto en el ser humano». Tal visión nos da una fecunda mística cósmico-ecológica. Estamos sumergidos en un campo de absoluta energía que alimenta tanto las energías del universo como nuestra propia energía vital y espiritual.

Leonardo Boff

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El Divino Niño

2005-12-23

  En el sótano del Museo Nacional de Munich, en Alemania, está una de las mayores y más bellas colecciones de pesebres del mundo. Como estudiante, muchas veces visitaba esos pesebres, especialmente cuando necesitaba alimentar mis ángeles interiores… Al salir, tenía la impresión de haber pasado por un pedazo preservado del paraíso: tal era la armonía y la integración que irradiaban aquellos pesebres.

Los más impresionantes eran los grandes pesebres de Nápoles. En ellos se representaba toda la realidad tal como es: agricultores segando el trigo, carniceros cortando carne, puestos de venta, niños lanzando cometas al viento, comadres riñendo, soldados limpiando armas, un sacerdote bendiciendo, payasos luciendo sus habilidades, y debajo del puente un ahorcado.

En el centro de ese mundo contradictorio yacía entre pajas el divino Niño. Jesús, José, María, la estrella en el cielo, los ángeles, los pastores, los reyes magos, el sanguinario rey Herodes, los escribas maliciosos… son más que figuras concretas. Son símbolos y energías que viven y agitan nuestro mundo interior. Revelan dimensiones de nuestra psicqué, marcada por búsquedas, por contradicciones y por un inmenso deseo de integración.

Partiendo de esta visión más amplia se revela la importancia del divino Niño. Alrededor de él se crea un orden mágico, un centro luminoso que irradia sobre todas las cosas, constituyendo un todo coherente y significativo. La vida con sus contradicciones, incluyendo los niños asesinados por Herodes, o el ahorcado del pesebre de Nápoles, no escapan a la luz que irradia del Pesebre. A partir de la presencia del divino Niño surge la esperanza de que todo puede ser modificado, de que lo Nuevo puede irrumpir. He ahí el significado mayor de la Navidad, que no puede ser echado a perder por las visiones convencionales y por su utilización cultural y comercial.

¿Qué significa, en una experiencia interior, el divino Niño? Representa la vida nueva que quiere nacer en nosotros. Más concretamente simboliza la vida que puede siempre recomenzar desde su inicio. Es posible nacer de nuevo.

En el día de Navidad, por causa del divino Niño, nos es permitido olvidar las amarras y los errores cometidos, para sentirnos libres para comenzar de nuevo. Los deseos escondidos y nunca realizados pueden salir a flote y ser de nuevo alimentados. Podemos hoy olvidar un poco el paso del propio pasado y formular un buen propósito.

¿No decimos tantas veces: «Ah, si pudiese comenzar todo de nuevo…»? En el día de Navidad, inspirados por el divino Niño que está dentro de nosotros, podemos arriesgarnos a dar el primer paso de un nuevo camino, o inaugurar otra forma de mirar sobre el camino ya andado, para descubrir en él nuevas significaciones existenciales.

La fiesta de Navidad, tan íntima y familiar, nos invita a superar, al menos en esta noche mágica, el uso de la razón calculadora, siempre al servicio de los intereses. Hoy es día de olvidar los intereses, de hacer sitio a la razón emocional, que no quiere comprar ni vender nada, sino solamente sentir al otro y convivir con él en la alegría de estar juntos, en familia, intercambiando presentes y amabilidades. Entonces emergen valores que siempre estamos buscando, sueños de vida transparente, sencilla y libre, sueños que tanto agitan nuestro imaginario.

Si logramos despertar en nosotros al divino Niño habremos descubierto el espíritu de la Navidad y el alegre advenimiento de Dios.

Leonardo Boff

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